El Verde – Capítulo 3

¡Un divorcio a los 40! se decía a sí misma Daniela ya instalada en casa de Adriana. Había desempacado toda su tristeza, no se esperaba un divorcio, amaba profundamente a Sebastián y pretendía envejecer con él; pero él no quiso lo mismo y después de 7 años de relación Sebastián terminó el matrimonio.  Daniela sabía que no andaban bien, pero su apuesta era constante y siempre se decía a sí misma: una mala racha, todo puede arreglarse, después de todo “era para siempre” pero “siempre” es solo un adverbio de tiempo. Daniela lo entendió cuando revisó los papeles del divorcio, era un hecho, estaba soltera, su vida con Sebastián era parte del pasado.

Cuando Adriana llegó su amiga Daniela la recibió con un gran abrazo y los ojos llenitos de dolor:

— ¡Ay, amiga! cuánto lo siento de verdad, deja que me de un baño y nos sentamos a llorar con vino en copa, como debe ser.

Así, entre vinos y lágrimas, Daniela le contaba su divorcio, separaba los hechos como un rompecabezas y el “adiós” para ella no era una pieza que encajara, además Sebastián fue enfático, seco, incorruptible en su firme idea de separarse. Sebastián era médico, Daniela era actriz y aunque eran distintos siempre encontraron la manera de congeniar; por eso Daniela no da con el día exacto en que todo se fue perdiendo, quizá su reciente mudanza a Madrid y su desempleo le den suficiente tiempo libre para mirar con lupa su pasado y saber desde dónde ese adiós se estaba gestando.

Mientras tanto, Isabel ponía una tablet en la mesa tratando de tomar fuerzas para instalar una aplicación que la llevara al verdadero amor, una aplicación de citas de mujeres lesbianas, aún cuando Isabel vivía sola con su hija en cada hombro llevaba a cuestas las voces de sus padres, el escarnio a ser descubierta, la vergüenza toda, sin embargo y pese a todo lo que le incitaba a que no lo hiciera se arriesgó. La pequeña espera de “se está instalando” la hacía sudar, así que mientras pasaba decidió hacer una de las cosas que más le gusta hacer a Isabel aparte de sabotearse el deseo: hacer deporte, flexión y extensión de miedos y de codos, puño al aire y a sus miedos, patada al tiempo, abdominales para quemar la poca grasa y la poca autoestima, sudar la vida, saltar en busca de dopamina natural, hacer brazos para sostener la adolescencia de su hija, brincar la soledad, “Se instaló correctamente” le avisó el móvil, pero Isabel tenía que ir a trabajar así que dejó su tablet en su cuarto, la escondió como si viviera con sus padres, como si la tablet fuera un muerto y corrió a su trabajo. Isabel es enfermera en un centro de día, sabe cuidar muy bien a sus pacientes, lo que nunca aprendió fue como curarse a sí misma.

En el ascensor se encontró con Abril y Beatriz, ambas la saludaron con amabilidad

— ¿Qué tal tu hija?

— Bien, ya en el liceo… ustedes ¿qué tal?

— Bien, a trabajar como se debe

Contestó Beatriz mientras Abril solo asintió con la cabeza, Isabel se sentía nerviosa como si la tablet fuese un cadáver, no podía por más que lo intentaba manejar su mirada, Beatriz y Abril sintieron su miedo

— ¿Todo bien Isabel?

— Claro Bea, no me pasa nada

— Pareces algo nerviosa

— No Abril, es que voy un poco tarde eso sí

— ¿Te llevamos en el coche?

— No, no hace falta gracias, en el metro es super rápido

Isabel quería que el ascensor se abriera rápido, sudaba frío, el corazón se le agitaba, cuando se abrió salió desesperada, antes de entrar al metro tomó bocanadas de aire, bocanadas de fuerza, la imagen de la aplicación en la tablet la perseguía de camino a su trabajo.

Mientras, Abril y Beatriz compartían un silencio espeso en el coche, Beatriz manejaba y Abril puso la radio para no escuchar el silencio mientras sacaba varias donut de su mochila

—¿Quieres?

Beatriz accedió a comerse un donut para no volver a las discusiones, a veces las batallas mejores ganadas son aquellas que no se combaten, decidió comerse la donut sin hacer ningún comentario hasta que dejó a Abril en la agencia, la besó y siguió su camino a la oficina, al llegar la recibió Sofía otra Gerente de Marca.

— ¿Café? hoy debemos presentar números y más números

— No gracias ya tomé en el coche, con donut y más donut

— ¿Siguen los problemas con Beatriz?

—No para tía, no se detiene, es como ver un adicto aspirar toda la puta cocaína, ella hace lo mismo con el azúcar y cada vez está más y más insoportable.

— Y tú… ¡bella como siempre!

— Sofía no empieces por favor

— ¡Es verdad! ya Abril no te representa, se volvió gorda, es decir, se volvió débil.

—¡Cállate!

— ¡Ay Bea, por favor! hacemos investigaciones de mercado todo el tiempo, analizamos a las personas, las incitamos a joderse la vida y caen, de toda nuestra gama de productos los que tienen azúcar son nuestros caballitos de batalla ¿o no?

— No digas eso de Abril, pasa por un mal momento

— El negocio del Marketing y la Publicidad es como el narcotráfico, no puedes consumir el producto, al menos claro que sean perfumes o ropa costosa que te regalan.

— Yo la amo Sofía, te lo juro, no quiero que nuestra relación se vaya a la puta mierda por el azúcar, por su descuido. No sé qué hacer, no quiere ayuda, no quiere nada, quiere morirse

— Ya bueno, de aquí a que le dé obesidad mórbida falta mucho, mientras tanto ¿podemos entrar a la reunión? Es que te lo juro que no entiendo cómo una mujer puedes descuidarse así ¿cómo te gana una hamburguesa?

— Bueno ponte en sus zapatos

— No puedo, no me puede ganar una hamburguesa ni un chocolate, lo divino que es sentirse bella, segura ¡luchar contra el patriarcado en tacones!

— Ya ¿tú no tienes debilidades?

— Tú, pero decidiste enamorarte de una débil ejecutiva de cuentas. Tú si me ganas, pero me mantengo a raya y canalizo mi frustración siendo buena en mi trabajo

— Ay Sofía tú eres un caso, vamos a la reunión.

Lunes es un Pastor Alemán negro. Como María vive cerca de la ONG se va a su casa almorzar y ahí comparte con Lunes, su Pastor Alemán; adicional a la comida de perro que le compra, María le da a sus animales una croqueta hecha por ella misma, una receta casera y única para cada perro y cada gato, su esmero en que estén bien es profundamente comprometido y obsesivo.

Como buena voluntaria de la ONG María no compra perros o gatos, los adopta. Lunes fue una adopción, digamos una adopción involuntaria o también se podría decir, en el argumento mental de María, un acto de justicia. Paseaba María con Viernes, su Bulldog, por un parque cercano del barrio donde antes vivía. Lunes estaba con su antigua dueña, ambos perros estaban cerca, su ex dueña miraba el móvil mientras Lunes ya tenía su pelota de vuelta, pero su ex dueña nada que le prestaba atención, parecía aturdida con los mensajes que recibía por el teléfono, en medio de los mensajes le suena una llamada y discute, grita, ladra más que el perro, el perro ladra, ladra con ella ¡cállate, quieres! le gritó a Lunes, se lo quitó de encima con rabia, lloró por la llamada, iban y venían insultos y María se llenó de una ira tan grande al ver el mal genio con el que había tratado al perro, que decidió por cuenta propia que ese perro no se merecía a esa dueña. Estratégicamente y por meses fijó un acercamiento hasta ganar la confianza de la mujer, cuando ya parecían cercanas la invitó a las afueras de Madrid donde una pitonisa le leería las cartas y le ayudaría aliviar su tristeza producto de la infidelidad de su novio. La llevó a unos galpones solitarios y cambió su destino, un destino que había decidido el resentimiento de María, no había bruja, habían muchos perros con hambre y la ex dueña de Lunes era la cena. Mientras escuchaba como se la comían, María recordaba las salvajes palizas y violaciones de su padrastro, la complicidad silenciosa de su madre y cómo, cuando ocurría esa violencia feroz, el perro ladraba en señal de protesta. Protesta que un día fue reprendida por su padrastro hasta lastimar al perro y enfurecer a María a tal magnitud que su mirada cambió para siempre, algo se le había roto por dentro y por fuera, ya no le importaban los golpes en su piel, pero la piel de su perro si que le dolía y mucho. La furia masculina y mal entonada arremetió contra aquel Bulldog hasta matarlo, María tirada por los golpes quedó en el suelo con su perro y lo vió morir, su mirada se apagó para siempre y algo de ella se fue con él.

Dicen que la venganza no es de Dios pero María es Atea, después de esa última paliza huyó de su casa, aunque siempre los vigilaba, cada día anotaba sus rutinas, iba a la escuela y entrenaba a los perros. Un año entero pasó hasta que un 24 de Diciembre María se dio el regalo de su vida: entró de nuevo a su casa con un gorrito de navidad y tres perros, su mamá se quedó sin marido, María se quedó sin mamá y los perros cenaron.

Lucía y Yuri no paraban de enviarse mensajes eróticos, incitadores, sexuales. Más de una vez Yuri tuvo que dejar la sierra para tomar el móvil, no habían tenido sexo, pero solo era cuestión de encontrar el momento idóneo para consumarlo, había que planear la escapadita para que Roberto no sospechara, pero las ganas estaban atoradas, los mensajes eran pequeñas dosis incitadoras al desnudo, a la caricia. Yuri siempre pícara acostumbrada a esta adrenalina se encontraba en su salsa, Lucía debutando con fuerza eficiente en su clandestinidad se armó de valor y con ropa deportiva fingiendo que trotaría cerca de su barrio, se fue en taxi a la casa de Yuri y sin mayor decoro se cenaron, se comieron con hambre, se besaron, se chuparon, se lamieron, se quitaron la ropa, las prohibiciones, se empujaron, se tocaron, se cansaron juntas y se vistieron, Lucia ya tenía que irse.

— Quédate a cenar, preparo algo rápido

— No, mi esposo ya hizo la cena me está esperando

Yuri por primera vez sintió esa presión en el estómago, esa rabia, esa sensación de querer más, conoció los celos en primera persona.

Mientras Yuri cenaba celos, Adela y Jessica disfrutaban del internet que ya le habían colocado, sin embargo faltaban los bizcochos de chocolate que Antonio siempre le daba, así que decidió ir por unos cuantos antes de que cerrara:

— Soy la cliente detestable, esa que llega un minuto antes de cerrar

— Por eso no mereces los bizcochos que hace Dios, además los has abandonado

— Es que me pusieron internet

— Maldita globalización, siempre en contra de los bizcochos

— Así es, y ¿qué tal todo por aquí?

— Mira no se han suicidado muchos cafés últimamente, pero a mi me ha hecho falta conversar un rato contigo, ¿que tal Jessica?

— Está en casa esperándome, ¿Por qué no quedamos el viernes y vienes a casa con tu chica?

— Cuadro aquí y ¡claro con gusto! ¡aquí están los bizcochos, saludos a Jessica!

— ¡Gracias!

Adela subió con la sonrisa y los bizcochos, mientras Teresa intentaba ver televisión y no escribirle a Antonieta. Miraba el WhatsApp, emigraba al Instagram, miraba la tele, se preparaba la cena y miraba el móvil, lo ponía en silencio, cambiaba de estrategia lo ponía con volumen, les escribía a sus amigas, a Luz. Nada detenía las ganas de querer hablar con Antonieta, de querer saber de ella, se habían visto en la semana una vez y Antonieta escribía pero no con la frecuencia pedida, necesitaba con suma urgencia saber si era por otra mujer

¿Era por otra mujer? sólo pensaba en Antonieta, en lo que hacía… ¿y si hablaba con otras? ¿si estaba acostándose con otras? En medio de su atormentada rutina apareció un mensaje de Antonieta, todo su cuerpo reaccionó con una excitación que le quitó el poco sueño que tenía, pero esa felicidad se interrumpió  cuando decidió llamarla, de repente estando “en línea” ¿cómo es que no puede contestar?, ¿por qué no quiere contestar? “Dame un chance que estoy ocupada” le respondió Antonieta, ¿ocupada? ¡claro estabas chateando conmigo! Ahora resulta que estas ocupada, repetía en su mente Teresa, pero sabía que si reclamaba Antonieta se molestaría, ¿cómo se escapa de esa prisión que es el apego malo?, ¿dónde está la carretera que conduce al punto medio? Teresa respiraba “vale ok” y ese “vale ok” era una muralla que contenía todas las preguntas y molestias que sentía con una comunicación malversada, no le quedaba más remedio que volver a inventarse acciones físicas que no la llenaban en absoluto, iba a llamar a Luz; pero ¿si ocupaba el teléfono y tal vez Antonieta llamaba? ¿tenía que esperar? ¿cuánto es razonable esperar en el mundo del razonamiento social? miraba el teléfono como única cosa y miraba a ver si estaba “en línea” a ver si respondía ¿fue un error llamar? ¿por qué? ¿me castiga?

¿no le importo? ¿por qué no le importo? ¿por qué lo hace? ¿por qué? no resistió y lloró, lloró mucho, mojándose toda de ese maldito “vale ok” que durante toda la noche no fue respondido.

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