Sembrando Esperanza (Sembrando Palabras)

por Eduardo Molina Carrasco (Águilas, Murcia)

Waldemar Brandt

Corría el año en que el mundo, confuso y cabizbajo, se apeó en la estación central de una ciudad cualquiera. Un enorme cartel indicaba el número de su andén de parada: veinte-veinte.

Por aquellas fechas las calles no rezumaban multitud ni grandes ruidos y, pese a las máscaras de los transeúntes, el ambiente de carnaval veneciano brillaba por su ausencia. Fue precisamente en esa época, cuando todo sucedió.

Esa noche, los intermitentes de un taxi anunciaron el regreso de los dos vecinos al viejo edificio, en la estrecha calle maragata. Mientras que ella descendía lentamente del vehículo; él, nerviosamente entusiasmado, no dejaba de hacer sordos ademanes a los apagados ventanales de enfrente.

Una vez pertrechados subieron la escalera como dos extravagantes muletas, apoyada una contra otra, sin cuerpo central al que soportar; y el girar de la llave les devolvió al hogar tras varias semanas en el hospital. Ella no pudo resistirse y se dejó caer en el sillón, justo cuando toda la calle comenzó a iluminarse casi al unísono.

Sorprendida, lo miró un instante, cómplice, mientras los ecos de su nombre trepaban desde el exterior. La aludida no pudo evitar sonreír, emergiendo en su rostro una cordial góndola de marfil.

Él la invitó con amable ademán a salir al balcón, donde su uniforme azul de enfermera enloquecía tendido al viento regañón. Campaneaban las ocho. Torpemente se erigió de su reposo y caminó hacia la claridad, quedando latente la muesca trazada por el agotamiento. Estaba tan cansada que agradeció al frío viento, tramoyista improvisado, que la socorriera en la apertura de las cortinas.

Cuando sus cabellos níveos comenzaron a brotar tras el observado telón del cuarto piso, se desató el estruendo. El vecindario, a modo de público enfervorecido, aplaudió rabiosamente a quien sin tregua había velado –y lo seguiría haciendo- por la vida del pasado, el presente y el futuro del barrio. Esperanza, la sanitaria contagiada y en plena reconquista de salud, no pudo más que repetir entre lágrimas “gracias” a las borrosas imágenes que palmeaban gritando su nombre.

Sobre el autor:

Cuando tenía 11 años, siempre que me preguntaban, respondía que de mayor
quería ser escritor. Con 12 años gané el concurso literario de mi colegio; con 13
un concurso local en Abarán, mi pueblo; y con 14 gané el concurso regional de
Cómic en Murcia sobre medio ambiente. Ahí dejé de escribir.
Pude ahorrar para ir a la Universidad y, una vez allí, seguí trabajando para
pagarme una carrera de esas que da de comer haciendo papeleo. Hoy trabajo
en la Universidad de Murcia y realizo diferentes colaboraciones, algunas
remuneradas y otras no, destacando en la formación ocupacional y la promoción
estratégica.
Volví a escribir con una finalidad de ocio en enero de 2019, como válvula de
escape, ¡¡ya con 41 años!! y gané el primer premio de Relato Corto del Carnaval
de Águilas en 2019. También he tenido la suerte de volver a ganar el premio de
Relato Corto del Carnaval de Águilas en 2020.
Hace una semana me comunicaron que fui ganador del concurso Microrrelatos
del Día del Libro de Murcia (2021) y estoy pendiente de dos concursos más.
Gracias

El Vestido Rojo

Recuerda perfectamente el día que lo compró. caminaba por las calles del barrio gótico y entró a esta tienda tan bonita, con zapatos de colores  en la vidriera y ese aire trasnochado pero que olía a nuevo.

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