Hoy Me Paso Algo Terrible

Como tantas veces llegué al aparcamiento en mi coche, algo antes de la hora prevista. Salí para empezar a calentar los tobillos y las rodillas. Empecé a moverme al mismo tiempo que miraba a mi alrededor y escuché a un perro que ladraba sin parar.  Lo oía pero no podía verlo, el sonido, un poco opaco, me indicó que estaba dentro de un coche, uno de color rojo que estaba a dos plazas a la derecha del mío. Una mujer pelo negro y piel morena abrió la puerta del conductor y el sonido de los ladridos se hizo más nítido. Salió, se dirigió a la parte de atrás y se reunió con otra mujer en la que yo no había reparado. Abrió el maletero y el perro salió excitado, ladrando con intensidad y, moviéndose de un lado a otro; buscando algo indefinido. Yo observaba la escena y el perro debió percatarse de ello porque, sin dejar de ladrar, se dirigió a mí, decidido, pero también precavido, manteniendo una calculada distancia de seguridad. La mujer morena se dio cuenta de ello, miró a su perro y me miró a los ojos. No dijo nada, pero su expresión pedía disculpas por la molestia. Empezamos una conversación que apenas duró unos segundos. Ella cogió a su perro y se marchó con su amiga. Yo no dejé de mirarla hasta que recibí un mensaje de la persona a la que esperaba avisándome de su inminente llegada.

Mi amiga y yo comenzamos nuestro paseo y más o menos una hora más tarde estábamos de regreso. Ella tenía prisa y debía irse enseguida pero cuando nos estábamos despidiendo la pregunté si tenía un trozo de papel y un bolígrafo. La respuesta fue negativa. Así que nos despedimos y yo entré en mi coche para regresar a casa, pero no lo hice. Me puse a buscar en la guantera, pero sólo encontré papel; ni rastro de un lápiz o un bolígrafo olvidado. Pensé un momento ­– ahora sé que uno demasiado largo – en cómo dejar mi mensaje a la mujer morena del perro. Vi claro que dentro del coche no iba a encontrar ninguna solución, así que salí del con mi trozo de papel y pregunté a un paseante que llevaba una mochila si tenía algo para escribir que me pudiera prestar un momento. Amablemente buscó en su mochila durante un rato pero finalmente me miró y negó con la cabeza. Le agradecí el esfuerzo y sin pensarlo mucho me acerqué a un bar cercano. Allí un camarero me prestó un bonito bolígrafo que llevaba en el bolsillo de su camisa y, por fin pude escribir mi nota:

VientoHola, Me llamo …. Tu perro antes me ladró. Me gustaría invitarte a tomar un café. Este es mi teléfono …….

Jamás había hecho antes algo así, pero, por alguna razón, he tenido el impulso de dejarte esta nota y me he decidido a hacerlo. Espero que no te moleste. Si no te gusta sólo tienes que tirarla a la papelera, pero me gustaría que me llamaras y tomarnos ese café juntos.

Le di las gracias al camarero y regresé a mi coche, apenas a unos 200 metros. Caminaba doblando el papel y pensando en que debía dejarlo bajo el parabrisas del conductor para asegurarme de que lo viera.

Pero cuando llegaba pude ver que el coche rojo ya no estaba allí.

Llevo todo el día pensando en que debería haberme dado más prisa. Que si lo hubiera hecho habría podido dejar mi nota o, quizás, me habría encontrado con ella. ¿Qué habría hecho entonces? ¿La habría dado mi nota? Quizás no. Quizás sí. Sí, sin duda lo hubiera hecho.

A lo mejor volvemos a encontrarnos en otra ocasión, pero ya será otra ocasión, otro momento. O quizás la ocasión jamás vuelva a repetirse. Una pena.

La Magia de Darlo Todo Por un Sueño

Menudo fraude. Debería existir la posibilidad de elegir un nuevo y placentero final. No es de extrañar que las críticas afloraran tras la proyección de la película Million Dollar Baby. Claro. ¿Cómo es posible que una protagonista que sólo merece triunfos por su exceso de esfuerzo pierda su último combate por un mísero tropiezo?

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