El lado bueno de las cosas

ElLadoBuenoLo confieso. Lo he vuelto a hacer. He visto por enésima vez El lado bueno de las cosas. Es una atracción que me aturde. Más veces la veo, más veces necesito descubrirla. El guión me atrapa, las interpretaciones me seducen, pero ¿qué esconde para atraerme de esa manera? Y por tanto, ¿qué escondo y descubro en esta película reveladora, valiente, sensible? Es algo que me hace estremecer golpeando mi necesidad y mi rechazo por descubrirme y que me descubran. ¿Dejaré que me conozcan, me dejaré a mi misma conocerme más y mejor? No lo sé. ¿Lo sabes tú?

La ira como reacción al desengaño.

Cuando eres un profesional de éxito y talento, tu cuenta bancaria no tiene hipoteca, vives en un barrio residencial y permites que tu esposa someta sus caprichos a su antojo, no concibes que te sea infiel con el profesor de música de tus hijos. Ese que es tan aburrido que sólo atrae a las moscas pegajosas y que una mala tarde encuentras en tu casa sin invitación previa. La reacción no se hace esperar. La ira provocada por el desengaño se dispara al escuchar una canción, cuando compruebas tu e-mail y siempre que recuerdas la fecha de tu boda.

Es entonces, cuando quieres matar, aniquilar, destrozar, hacer daño. Acto seguido te internan en un psiquiátrico; acto seguido, provocas un encuentro con tu ex asegurándote que tu imagen es como a ella siempre le hubiera gustado. Sin pensar que en el momento en que te dijo que cambiaras, deberías haber huido.

La autodestrucción como reacción a la pérdida.

Me niego a entender la frase hecha que nos dice que nacemos y morimos solos. Nací con ayuda de mis padres y el día que me marche, los esperaré y ellos me esperarán. Y por supuesto, quiero esperar a alguna de mis parejas y a todos mis hijos y seguro que a algunos amigos. Sn embargo, cuando perdemos a un ser muy querido nos sumimos en una tristeza eterna.

Mayor es la tristeza si se trata de una muerte prematura de la persona que compartía nuestra vida. Y entonces, estamos dolidos, nos sentimos culpables, nos castigamos. Nos hacemos daño de forma gratuita. Fingimos que somos rebeldes, promiscuos, mentirosos. El ala que nos ha fracturado la vida necesita muchos cuidados. Y, sin embargo, habrá gente que se aproveche de esta debilidad para hundirnos aún más si cabe.

Los padres nos enseñan sin tener la lección aprendida.

Observar las lágrimas sin esfuerzo de una madre sintiéndose y diciéndome que es responsable del problema mental de su hija es lo más desalentador que me ha ocurrido los últimos días. Si nuestro hijo sufre, somos culpables, si miente, somos culpables, si se enferma, somos culpables. Noqueados no sabemos reaccionar y si se trata de encontrar la medicina para sosegar su alma, no podemos sentir culpabilidad. Debemos entender, comprender, reflexionar, encauzar hasta que nuestro hijo encuentre su propia solución.

Si en ese camino debemos empeñar nuestros ahorros para que baile entre profesionales cuando es un gañán sin sentido musical, no importa. Si necesita un año sabático antes de enfrentarse a selectividad, no pasa nada. Si deja la dirección de una empresa para dirigir un grupo de teatro, adelante.

Las cosas, nuestras cosas, la vida, nuestra vida tiene dos lados opuestos, el bueno y el malo. Debemos aprender a convivir con ambos extremos. De no ser así, cuando caigas en el lado malo, te esconderás tanto que nadie será capaz de encontrar tu escondite. Atormentado, no podrás seguir adelante. Piense y decide. Es tu vida, no la mía.

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