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Capítulo 11: Desconexión

Foto de Jaanus Jagomägi

Antes de la guerra, se hubiera tardado en hacer el viaje hasta Almería un par de horas extras, ahora se gana tiempo al no tener que repostar y existir una menor circulación de vehículos. Sin embargo, les extrañó que el camino fuese mucho más plácido de lo que esperaban. En apenas cinco horas estaban llegando a su destino, sin un solo control policial que esquivar ni dron que se les acercara, incluso que les siguieran en algún coche en todo momento del recorrido… La furgoneta no era sospechosa y viajaban sin identificar, pero era bastante raro que habiendo una orden de persecución contra ellos no hubiese aparecido algún tipo de impedimento.

—Estamos muy cerca. ¿Se te da bien interpretar mapas? —preguntó Sara.

—Hay poco que interpretar, están muy claras las instrucciones a seguir —contestó Emilio.

—¿No estás preocupado por el exceso de tranquilidad?

—A lo mejor solo hemos tenido suerte…

—La suerte no existe —dictaminó Sara.

Entraron en el desierto sin tener que abrir ninguna entrada. Antiguamente, cuando esta zona se utilizaba para rodar películas, unas vallas con candados impedían el acceso, pero el cine como tal ya no subsistía. No se conservaba como lo habían conocido.

Una vez en su interior fueron explorando los puntos clave guiados por las indicaciones del plano. Mientras Emilio seguía conduciendo la furgoneta, Sara circulaba a su lado con su moto, así iban localizando las pistas más rápido; tanteaban determinadas rocas, avanzaban en dirección a una lejana montaña una determinada distancia, buscaban un pequeño tallo pegado con cemento en el borde de un precipicio marcado como “rama de Indiana Jones” o “las rocas de los lobos de Conan” o “el poblado de Sergio Leone”… El anticuario Matías, había relacionado cada punto marcado en el mapa con una película. Emilio comprendió que ahí se habían rodado cientos de historias de todo tipo.

Les llevó un buen rato, pero al fin llegaron a una cruz clavada delante de una escarpada pared, era de madera y estaba pintada de verde.

—Juraría que es aquí —aseguró Sara.

—La “X” siempre marca el lugar… —añadió Emilio.

—¿Y no debería haber un gran edificio, alguna construcción… y una antena parabólica o algo así?

Ambos quedaron pensativos unos segundos.

—¿No es extraño todo esto? Mira a tu alrededor, olvidándonos de la furgoneta y Tyrion, solo hay desierto, podíamos haber estado aquí hace cinco siglos y no notaríamos la diferencia…

—¿Pues por eso mismo, seguro que este es el lugar que buscas?

—Tiene que haber algo que nos haga saber que estamos en el siglo XXI… —afirmó Emilio mientras se acercaba a la cruz de la esperanza.

La tocó y solo era madera pintada, ningún botón escondido, no había un panel con botones, ni un solo cable… Entonces fijó su mirada durante unos segundos en la pared de piedra que había detrás y avanzó hacia ella. Sara, expectante, comenzó a seguirlo.

—Creo que he visto algo extraño… —dijo Emilio.

—¿El qué? —preguntó impaciente Sara.

Emilio intentó tocar la pared de roca, pero su mano la atravesó dejando claro que solo era un perfecto holograma que ocultaba el edificio que había tras él. Caminó lentamente, atravesó la pared y encontró la entrada a la guarida oculta de los Sanadores. Sara le siguió sin pensárselo.

—La base secreta de las emisiones “piratas” ¡si no fuera por este canal “alternativo”!… —comentó ella.

—Tu moto no se llamaría como un inteligente enano de la familia Lannister…

—Cállate, hablo en serio… Además, yo esa serie la vi antes de que llegaran los peludos —terminó comentando Sara sonriente.

Fueron recorriendo el pasillo de entrada que se encontraba extrañamente vacío.

—¿Si tú tuvieras un refugio secreto, no tendrías a alguien vigilando en la entrada? —preguntó la cazadora.

—Sí.

Al llegar al final del pasillo abrieron una puerta doble y accedieron a una gran sala de control. Multitud de monitores y mesas con luces e interruptores les dejaban claro donde se encontraban. Entonces se escuchó una siniestra risa.

—Vaya… qué sorpresa… junto con el terrorista tenemos de regalo a la traidora de la cazarrecompensas.

Era la voz de Arnold, saliendo de su escondite detrás de una columna. Varios bastianos fueron apareciendo de diversos lugares de la sala, apuntando a la perpleja pareja.

—Esto sí que es una victoria en condiciones, creo que hasta podré cambiar de clase en el Sistema DC… de guardián a dedicado o incluso, responsable… —siguió proclamando Arnold.

—¿Cómo lo habéis encontrado? —preguntó sorprendido Emilio.

—Tú nos has traído con ese mapa que sacaste en el coche que robaste.

—¡Mierda!

—Llevábamos años buscando este lugar y no teníamos ninguna pista. Gracias, terrorista.

—¿Qué habéis hecho con la gente que estaba aquí? —preguntó preocupada Sara.

—Venid.

Arnold los condujo a otra sala más pequeña, siempre seguidos de cerca por unos diez policías bastianos que no dejaban de apuntarles. Estos les quitaron todas las armas que portaban, excepto el cuchillo de Emilio que escondió sin su funda en un costado. Allí pudieron ver a cuatro personas de pie con las manos atadas con cables y dos en el suelo que parecían estar muertos por la abundante sangre que había a su alrededor.

—Más terroristas capturados, aunque lo importante es que podemos desmantelar este foco de mentiras y contenidos prohibidos. Estamos esperando órdenes para ver si destruimos todo esto o si hay otro plan… —explicó Arnold.

—¿Qué vais a hacer con nosotros? —se interesó Emilio.

—También esperamos confirmación para eliminaros…

—Señor, tengo preparados los aros —informó uno de los policías bastianos.

—Bien, poned tres a cada uno —dijo Arnold.

El bastiano cogió un aro plano que parecía construido de cristal, con un diámetro bastante grande. Al ponerlo alrededor de cada preso, esa especie de “hula hoop” de vidrio se iluminaba de blanco y se quedaba suspendido en el aire.

—Nunca he sabido bailar esto… —bromeó Emilio.

—Eres muy gracioso terrícola… —contestó Arnold visiblemente contrariado con el chiste.

Colocaron tres aros en cada uno a diferentes alturas; rodillas, cintura y pecho. Los seis rehenes que seguían con vida estaban rodeados con esas extrañas abrazaderas sin apenas tener espacio para moverse sin tocarlas.

—Actívalos —ordenó el jefe.

Al presionar la pantalla de su comunicador los anillos se volvieron de color rojo. La luz de la sala parpadeó durante unos instantes.

—¡Vaya instalación eléctrica que tenéis! De energía solar con paneles antiguos, ¿verdad?

—Sí —contestó uno de los integrantes del grupo de presos.

Los círculos luminosos se mantenían fijos en el aire sin ningún tipo de soporte o hélices y desprendían bastante calor.

—Bueno, ya podemos estar tranquilos, podéis bajar las armas —aseguró el cabecilla.

Todos dejaron de apuntar y se relajaron. Arnold tocó uno de los cristales voladores con su arma y saltaron chispas. La iluminación de la sala volvió a oscilar.

—Os aconsejo no bailar —comentó el bastiano.

Los rehenes no podían moverse, ni siquiera agacharse, sin recibir una descarga eléctrica por contacto con los cristales circulares. La única forma de evitarla era manteniéndose recto sin tocar ningún borde, lo cual era bastante cansado y, más todavía, teniendo en cuenta la alta temperatura que hacía en el interior de esos artilugios de tortura.

—Los Responsables han contactado, señor, quieren que nos hagamos con los códigos de seguridad y nos encarguemos nosotros de controlar la televisión —comunicó uno de los bastianos a Arnold sin que los demás lo oyeran.

—Podemos emitir por el canal alternativo lo que nos interese, pero ellos creerán que las fuentes son humanas, es perfecto. ¿Y mantenemos esos deportes antiguos e imágenes con historias que tanto les gustan? —preguntó el caudillo.

—Durante un tiempo sí, para afianzar la idea de que siguen controlándolo —aclaró su subordinado.

—Muy bien… ¿y a ellos los eliminamos?

—En cuanto sepamos cómo funciona todo el sistema sí.

—¿Quieren al terrorista para algún vídeo, declaración o ejecución pública?

—Eso lo están debatiendo todavía, en principio pretenden dar ejemplo…

—Decidirán una ejecución pública ejemplar… quiero ser el verdugo…

—Lo comunicaré en su nombre, señor.

De repente, unos disparos se oyeron desde la sala anterior. Todos los bastianos se giraron hacia allí cogiendo sus armas y enseguida comenzó un tiroteo.

—¿Qué ocurre? —gritó perplejo Arnold.

Solo era un pequeño grupo de cuatro Sanadores, pero al entrar con el efecto sorpresa a su favor, consiguieron abatir a la mitad del grupo policial invasor sin apenas esfuerzo. Sin embargo, no esperaban encontrar a tantos bastianos y estos lograron ponerse a cubierto en la sala de los monitores y contraatacar. Arnold permanecía cubierto en la entrada de la pequeña sala sin exponerse.

Aprovechando el desconcierto uno de los técnicos de la televisión probó salir de su prisión. La descarga que percibió fue tan fuerte que no volvió a intentarlo, sintió que la electricidad pasaba por todo su cuerpo y sus manos sufrieron graves quemaduras. Emilio también lo pretendió empujando con un hombro, pero el arete no se movió lo más mínimo y él no dejó de recibir la fuerte descarga en su cuerpo. Las luces del complejo volvieron a parpadear y, en esta ocasión, también la de los círculos voladores.

—Sara, este invento funciona usando la energía del edificio, si lo sobrecargamos tal vez se desconecten todos —expuso Emilio.

—¿Eso quiere decir que golpeemos los aros a la vez?

—Sí.

—Tú ya lo has probado… ¿qué tal?

—No se lo aconsejo a nadie… además si pierdes el conocimiento por la descarga, aunque sea un instante, caes y estás muerto.

—¿Y quieres arriesgarte a eso?

—¿Tenemos otras salidas?

—Esperar que esa gente que ha entrado gane el combate…

Cayeron dos invasores policiales más, solo quedaban tres y uno de ellos estaba herido, además de Arnold que permanecía parapetado. Del grupo de los Sanadores armados sobrevivían dos.

—Somos mayoría, vamos a por ellos a la de tres —voceó Arnold desde su escondite a los suyos.

A la orden, los cuatro bastianos salieron hacia sus atacantes y lograron abatirlos a cambio de quedar solo en pie Arnold que, de manera inteligente y cobarde, había sido el último en aparecer en escena.

—¿Habéis dado algún tipo de alarma?, ¿vendrán más terroristas? ¿Cómo os comunicáis? —gritó Arnold a uno de los operarios de la cadena.

Al no obtener respuesta le disparó en la cabeza y cayó muerto. Los aros centellearon al chocar el fallecido contra ellos, la luz del edificio también lo hizo, pero se restableció cuando los aros cambiaron a color blanco. El cuerpo sin vida permanecía sobre el círculo inferior sin que este se moviera ni un solo milímetro.

—¡Dadme los códigos y decidme cómo os comunicáis! —volvió a exigir mientras apuntaba al siguiente.

—Sara… —dijo Emilio.

—Vamos… —contestó ella.

—¡Chicos, todos a la vez! —gritó Emilio al resto de prisioneros.

Todos empujaron sus respectivas argollas que los aprisionaban recibiendo una tremenda sacudida, las luces titubearon más que antes. Todo el edificio quedó a oscuras y los aros perdieron la electricidad. Arnold disparó su arma hasta agotar la munición. A los pocos segundos volvió la luz, aunque era una iluminación más débil, como de emergencia de emergencia. El resultado del plan fue un hombre electrocutado, encerrado entre sus anillos blancos sin apenas haberlos movido de su posición inicial. Otro yacía en el suelo acribillado a balazos junto a sus cristales hechos añicos, por su aspecto era difícil distinguir si su muerte había sido por los impactos de bala o por la descarga eléctrica recibida. Sara se encontraba sin conocimiento, pero viva. Estaba apoyada sobre los artilugios voladores a medio caer, manteniéndose dentro de ellos. Emilio se arrastraba magullado por el suelo, junto a sus aros desactivados. El único superviviente del grupo de televisión permanecía también fuera de su prisión de cristal con evidentes signos de dolor. Arnold se ocultaba tras una columna, sin balas, comprobando que el modo de electrocución de su arma fallaba, sin duda debido a la mala instalación eléctrica del lugar. Por este motivo, buscaba desesperado con su mirada un nuevo armamento para hacerse con él.

—Rápido busca un arma —dijo el técnico de televisión a Emilio.

—Mira si ella está bien —contestó él refiriéndose a Sara.

Emilio pudo levantarse y caminó, torpemente por los efectos de la electricidad, hacia una pistola de la policía. La cogió y se acercó a Arnold que seguía escondido.

—Sal de ahí cobarde —dijo, mientras le apuntaba.

Arnold salió lentamente. Mientras tanto, el miembro de la resistencia, con gran esfuerzo, sacaba a Sara de los aros comprobando sus constantes vitales.

—Está viva… no parece que tenga heridas graves.

—Levanta las manos —ordenó Emilio a Arnold.

Este no solo no lo hizo, sino que sonrió malévolamente. A continuación, se lazó al suelo a por otra pistola, Emilio apretó el gatillo, pero no se disparó, solo vio una luz roja en el arma. Sin pensárselo fue a por Arnold y cuando este se giró con una nueva pistola en la mano, Emilio le asestó una cuchillada en el brazo que le hizo soltarla. Esta vez, el cuchillo facilitado por Matías le había salvado la vida. El bastiano huyó a toda prisa, Emilio se agachó a coger la pistola soltando su cuchillo e intentó de nuevo disparar, pero otra vez solo pudo ver la luz roja. Apenas podía correr, así que desistió hacerlo permitiendo que su contrincante huyera.

—¿Qué demonios pasa con estas pistolas? —preguntó Emilio.

—Las de la policía tienen un seguro de ADN, no puedes disparar un arma que no sea tuya o pertenezcas a las fuerzas de seguridad.

—Hubiera estado bien saberlo… por cierto me llamo Emilio.

—Yo soy Jacinto, Jato para los amigos… o para los compañeros de tortura…

—Yo Sara —dijo con voz leve la cazadora, que comenzó a levantarse lentamente con gran esfuerzo.

—¿Vosotros también veis lucecitas? —preguntó ella.

—Sí, pero me molestan más los pinchazos y calambres por todo el cuerpo —contestó Jato.

—Quejicas… hay que ponerse en marcha. No tardará en traer apoyo ese cerdo asesino —afirmó Emilio.

—Tenemos un plan B, tal vez pueda hacer algo para ganar tiempo… —aseguró Jato.

—Pues haz lo que tengas qué hacer… mientras tanto yo necesito mandar un mensaje por televisión… dime cómo…

—Imposible… la retransmisión se ha bloqueado automáticamente tras el asalto… es un sistema de seguridad que diseñamos para que no pudieran apropiarse de nuestra emisora si algo así ocurría. Como ellos comentaban si pudieran controlarla mandarían mensajes falsos tal como hacen con la televisión oficial.

—Pero habrá algún modo manual de desbloquearlo…

—Claro, están los códigos de seguridad que nos pedían, por eso nos mantenían con vida.

—Pues entonces introdúcelos…

—Pero no tendrán efecto hasta mañana…

—¿Cómo mañana?

—Es por seguridad, el protocolo nos dice que hay que abandonar el lugar, y solo si a partir de mañana siguiera siendo un lugar seguro, se podría volver a emitir. Si por el contrario deja de serlo porque ellos lo invaden, al menos no podrán usarlo. Como comprenderás no podemos meter los códigos y dejar el sistema a su merced cuando lleguen los refuerzos.

—Entiendo… aunque si no pueden utilizarlo lo destruirán todo acabando con nuestra red de información.

—Así es, pero como te comentaba, disponemos del plan B.

—¿En qué consiste?

—Cuando habéis llegado aquí ibais siguiendo unas marcas claras, pues pueden cubrirse gracias a proyectores de hologramas que tenemos en todo el desierto. Incluso la pared que hay tras la cruz desaparecerá dejando ver un inmenso desierto, a menos que alguien llegue ahí por casualidad, les resultará casi imposible volver a dar con este lugar. Solo hay que quitar la cruz… ya se colocará si volvemos.

—Joder con el plan B, me gusta —apuntó Sara que iba recuperándose del castigo sufrido.

—Y mientras… ¿qué hacemos? —preguntó Emilio.

—Escondernos, no nos quedan muchas opciones —contestó Jato.

—¿Quiénes eran esos hombres que han intentado ayudarnos?

—Sanadores, por seguridad aquí trabajamos muy poca gente… pero estamos vigilados por un grupo exterior que nos asiste si algo ocurre… pudimos dar la señal de alarma al poco de que ellos entrarán matando a dos de los nuestros. Los muy cabrones no tardaron nada en acceder, sabían exactamente donde estábamos escondidos.

—Lo siento, grabaron el mapa que me dio el Anticuario…

—Tranquilo, no ha sido culpa tuya.

—¿Y ellos eran todos los Sanadores que hay por aquí?

—Sí… siempre se pensó en aumentar la seguridad… Lo que pasa es que viven bajo tierra para no ser detectados y el grupo no puede ser mucho más amplio por falta de espacio y por las condiciones del lugar para poder subsistir encerrados en un sótano, con comida, armamento y… Por lo visto solo eran cuatro… nosotros no solíamos tener mucho contacto para mantener la seguridad.

—Entonces no podemos usar la red y carecemos de ayuda, pero podemos refugiarnos en ese bunker. ¿Y conexión por internet hay ahí dentro?

—Claro, podremos informar a toda la red.

—Vale, pues activa el plan B y vámonos —les cortó Sara.

Foto de Grant Durr

Según lo dijo comenzó a recoger del suelo las armas que habían portado los maltrechos guardias y las metió en una mochila que había cogido de una estantería. También introdujo en ella la afilada arma del Anticuario.

—¿Y dejamos los cuerpos así? —preguntó Emilio.

—El protocolo de seguridad… debemos salir rápido por si regresan, no sería raro que llegaran drones armados de avanzadilla antes de los refuerzos policiales… mañana si no han vuelto les daremos un entierro digno.

Emilio asintió, aunque no le hiciera ninguna gracia tal protocolo.

Los tres salieron de la base y, excepto Jato, se sorprendieron bastante al ver que ya no había ninguna pared escarpada, sino un amplio vacío a sus espaldas. Jato arrancó la cruz del suelo mientras ellos seguían sin salir de su asombro.

—¿Y qué hacemos con la furgoneta? —preguntó Sara.

—La estacionaré en la base, tras el holograma, así no se verá… ¿Tyrion cabe en el refugio? —contestó Emilio.

—¿Tyrion? —dijo confuso Jato.

Emilio sonrío señalando el vehículo de Sara. Jato también mostró una sonrisa y continuó hablando sin esperar más explicaciones.

—Sí, no hay problema, de hecho, debe haber otra moto allí, aunque bastante más pequeña.

Sara montada en su vehículo llegó hasta la ubicación de sus dos compañeros.

—¿Está lejos el refugio? ¿A quién llevo?

Los dos se miraron fijamente.

—¿Cara o cruz…? —preguntó Emilio.

—Qué antiguo, ¿no? La última vez que vi una moneda me estaba tomando un cubata.

Los dos se rieron. A pesar de tener 20 años menos que Emilio, Jato se sentía identificado con él.

—No será necesario, no está lejos… ¿veis aquel cactus?, allí es —señaló Jato.

Ambos asintieron.

—Sube tú y ve abriendo la entrada… —dijo Emilio.

—No te preocupes… yo necesito andar algo…

Emilio fijó su mirada en el suelo, cerca de su posición se encontraba el aparato de comunicación de un agente de la ley. Enseguida cayó en la cuenta de que pertenecía a Arnold. Instintivamente miró al cielo percibiendo movimiento a lo lejos.

—Rápido, hazlo… —insistió señalando en aquella dirección.

Jato y Sara miraron hacia allí viendo cómo se acercaba un enorme dron. Todos comprendieron que aquel aparato no traía soldados para ocupar la base de emisión, sino que se acercaba con la firme intención de hacerla volar por los aires.

—Mierda, sube… —ordenó Sara a Jato.

Este montó rápidamente y fueron hacia el bunker subterráneo mientras Emilio les seguía corriendo. A los pocos segundos, Jato intentaba abrir una trampilla oculta junto al cactus. El dron que llevaba una carga bajo él estaba cada vez más cerca. Tras la puerta de entrada había una rampa para bajar al interior. Jato le hizo un gesto para que Sara descendiera por ella, cosa que hizo junto a su querido vehículo cuando se acercaba Emilio.

—Venga, bajad —indicó la cazadora.

Jato comenzó a entrar cuando Emilio ya estaba a su lado y antes de bajar miró por última vez el panorama; la furgoneta que marcaba exactamente el punto donde debían atacar, una lástima, sin embargo, también pensó que daba igual, pues, aunque la hubieran escondido, el allable abandonado por Arnold les indicaba el punto exacto donde debían atacar. El holograma no les confundiría lo más mínimo. Una vez dentro, cerraron la compuerta de entrada y se sentaron junto a la pared. Tyrion quedó colocado al lado de una pequeña moto blanca.

Había poco espacio y casi ninguna comodidad. Estaba claro que no debió ser confortable para los hombres de seguridad haber convivido allí dentro. Ninguno dijo nada más, solo esperaron expectantes durante unos interminables segundos. Después la tierra tembló, les cayó arena del techo y un sonido grave inundó el ambiente. Unos instantes después volvió la calma, los tres comprendieron que ya no existía la base de emisión pirata.

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