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Capítulo 15: El Camino del Birmano

Foto de Lanju Fotografie

El joven híbrido de ojos azules miró a su madre como si ignorara su autismo durante unos segundos. Laura observó a su hijo deseando que este le preguntara algo, aunque sabía que no lo iba a hacer. Al instante, el pequeño Felipe volvía a tener la mirada perdida como de costumbre. Ella resignada, sonrío y siguió mirando por la grieta de la capilla fijando la vista en el holograma que representaba su mundo natal.

Había amanecido cuando Emilio pisó tierra firme. Todo estaba extrañamente tranquilo. Arnold, que desconocía si habría acabado con sus enemigos, nunca pensó que tuviese que impedir un viaje por mar, por lo que el terreno estaba despejado. En estos tiempos ya no había prácticamente embarcaciones y todos los trayectos se hacían por aire, por ese motivo, esas cinco horas de viaje marítimo le habían dado a Emilio mucha ventaja, no por haber llegado rápidamente a su destino, sino por todo lo contrario; había conseguido despistar a sus perseguidores que habían abandonado la costa sin vigilancia. Sin embargo, patrullaban por las calles de Melilla al no hallar ningún cadáver junto a los restos del viejo helicóptero destruido. Emilio no sabía qué podía haberles sucedido a sus compañeros, pero confiaba ciegamente en que habrían conseguido mantenerse a salvo, ahora su objetivo era encontrarlos y sospechaba que no sería complicado.

Melilla ya no era la antigua y bella ciudad española, sino simplemente un sector disperso medio en ruinas dentro de Marruecos, aunque mucho más reconocible que otras ciudades cercanas. A nadie le importaba si pertenecía o no a España, los habitantes que habían sobrevivido seguían hablando en español, pero sin tener ninguna relación con la península europea ni con el resto del continente africano. En otras zonas de Marruecos existían ciudades domotizadas, controladas por los extraterrestres y adaptadas a las nuevas tecnologías, aunque el país también se hallaba deshabitado en su mayor parte y lleno de sectores en ruinas. En determinado punto se había construido una valla que impedía el paso al desierto a lo ancho de todo el continente africano. Esta gran edificación, que unía a todos los países del norte de África, se protegía con varias patrullas de vigilancia a pesar de su enorme extensión. Realmente los habitantes de todas las regiones y territorios que compartían la barrera se habían extinguido, pero no solo había desaparecido una gran cantidad de la población, sino que se habían derruido las edificaciones anteriores a la guerra sin ser sustituidas por otras. Si te acercabas a la verja solo encontrabas los puestos de seguridad que la custodiaban, sin núcleos humanos próximos a ella.

Después de pasar un buen rato escondidos detrás de las rocas, Sara y sus amigos se habían adentrado en la oscuridad de las callejuelas esquivando los drones voladores que controlaban cada esquina. No conocían la ciudad, pero al poco de comenzar a moverse se percataron cómo un puntero láser de color verde les iba indicando qué camino tenían que seguir. La primera vez que advirtieron la enigmática luz en el suelo se asustaron, pero enseguida comprendieron que alguien les intentaba ayudar sin dejarse ver. Unos minutos después comprobaron cómo avanzaban sin ser detectados por las fuerzas enemigas.

Llegaron hasta una gran escultura que representaba al Dios del Tiempo, Cronos, arrastrando dos grandes relojes de sol con unas cadenas. Era extraño que esta figura, construida antes de la Guerra de todas las Guerras, se conservase en pie, pero al no haber recibido daños en la contienda, los vencedores no encontraron ninguna razón para destruirla, como sí hicieron con otros monumentos artísticos o religiosos. De hecho, cerca de allí había existido una gran cruz que sí destruyeron los extraterrestres en cuando se adueñaron de la ciudad. En su lugar, se había instalado una esfera que representaba el planeta Bastet, el mundo natal de los bastianos, aunque tal esfera estaba recreada holográficamente, no como el dios Cronos que era de piedra. Los tres sigilosos amigos se dirigían hacia la imagen virtual del planeta alienígena, siguiendo las indicaciones de la lucecita verdosa, cuando vieron sorprendidos que la realista figura tridimensional se transformaba en una gran cruz del color de la esperanza.

Emilio vio moverse una figura oculta tras una esquina. Alguien cubierto con un gran manto negro le observaba desde lo lejos. Intuía que no era de las fuerzas de seguridad, pero dudaba por si pudiera ser un cazarrecompensas. Su instinto le indicó que, si lo fuera, ya lo sabría, así que se acercó lentamente a ella.

—Necesito ayuda de los Sanadores… —comenzó a decir Emilio.

—Lo sé, sígueme… —respondió la extraña silueta antes de echar a andar.

Él la fue acompañando por las estrechas calles que iban recorriendo, ya había bastante luz y cada vez era más complicado esquivar a los robots vigilantes. Estaba claro que aquel extraño guía conocía bien por dónde moverse, logrando que no se toparan con las patrullas de búsqueda lideradas por Arnold.

En poco tiempo estaban en el interior de una capilla. Era raro que quedara intacto algún lugar así tras la guerra, pero no eran los restos de ninguna iglesia, sino un garaje abandonado que se había acondicionado de esta forma. Estaba lleno de estatuas religiosas, cuadros colgados en las paredes, decenas de cruces y un altar bastante recargado. Daba la sensación de que no solo se había creado un lugar para el culto y la oración, sino que el local se había utilizado como almacén de todos los motivos religiosos que se habían ido salvando de la destrucción de los visitantes.

Emilio quedó impresionado con dos esculturas, la primera era una enorme Virgen María acunando a Jesús en sus brazos, construida en mármol, que le hizo pensar en su difunta mujer sujetando a su hijo. No solo rememoró esa escena familiar, sino que se imaginó a sí mismo sosteniendo a su propio retoño en una vida donde los acontecimientos hubieran sido de otra forma si los invasores no hubieran llegado nunca a nuestro planeta.

La segunda escultura que le llamó la atención, era una representación de San Jorge armado con una gran lanza en sus manos y con la pose de atacar a un supuesto dragón que estuviese enfrente de él. Emilio pensó en este santo, nacido en Capadocia (Turquía), recordando su historia: un soldado romano que aceptó de niño la fe cristiana inculcada por su madre. Años después, sirvió al emperador romano Diocleciano en su guardia personal, pero en el año 303, el emperador dictó una orden de persecución contra los cristianos siendo apresado y torturado. Se convirtió en un mártir, venerado en diferentes países y culturas desde entonces. También hizo memoria de su leyenda, cuando siendo joven, antes de servir al emperador, en uno de sus viajes salvó a una comunidad del terror causado por un dragón. Se cuenta que montado en su caballo blanco y armado con una lanza acabó con la vida del feroz engendro mitológico.

Una vez dentro del extraño lugar, la oscura figura se quitó el manto que la cubría dejando ver que era una mujer bastiana.

—Tranquilo, no soy de tu especie, pero estoy contigo, pertenezco a la clase de los dedicados y formo parte de los Sanadores. Me llamo Laura y vivo junto a mi marido, Pedro, él es humano y también forma parte de la Resistencia.

Emilio aunque sorprendido, estaba convencido de que todo lo que oía era cierto. Iba a manifestarse cuando apareció una pequeña forma desde la habitación contigua que se detuvo bajo el quicio de la puerta. Entonces pudo ver que era un niño bastiano de apenas seis años.

—Tenemos un hijo en común —continuó Laura— se llama Felipe y es un birmano.

—Un híbrido autista —concluyó Emilio sin esperar más explicaciones de Laura.

—Eso es, creemos que es el único que hay en Melilla, dada la alta mortalidad de estos seres híbridos.

—Encantado de conocerte Felipe —dijo Emilio sin recibir respuesta del infante.

—Mi marido ha ido en busca de tus amigos, sabemos que están vivos, escondiéndose por la ciudad de las patrullas que han llegado desde la península esta misma madrugada.

—¡Genial, sabía que lo conseguirían! Necesito reunirme con ellos, hemos trazado un plan… ¿Vendrán aquí?

—No lo sé, ahora recibiré noticias en mi viejo smartphone.

Antes de poder decir nada más, la amable mujer recibió un mensaje y enseguida lo miró.

—Están en la cruz.

—¿En qué cruz? —dijo mirando a su alrededor, donde se podían ver decenas de ellas colgadas por las paredes.

—No, aquí dentro no… en la calle…

—¿Hay una cruz en pie en esta ciudad? —preguntó extrañado Emilio.

—Realmente no, ahora verás por qué… —respondió Laura mientras le hacía una señal para que le siguiese.

Desde una grieta en una pared podía verse la esfera que representaba el planeta Bastet.

—Dirígete allí… —dijo ella.

—Eso no es precisamente una…

Antes de que pudiese terminar su frase, la esfera de convirtió en una gran cruz verde.

—Tú ve allí, no te preocupes si la imagen desaparece cuando llegues, tenemos “pirateado” el sistema de emisión holográfica en ese punto, pero solo cambiamos la imagen para avisar de ciertas señales al resto de Sanadores. No podemos dejar mucho tiempo otra imagen o llamaríamos la atención de las autoridades.

—Gracias Laura, ¿te volveré a ver?

—No sé cuál es el plan que hay preparado, pero hay Sanadores encargados de ayudaros a llegar a la gran torre.

Emilio salió de la capilla en dirección a la cruz, donde se encontró con sus amigos.

—¡Sara, Jato, Alex! —dijo efusivamente Emilio al verlos.

—¡Estás vivo! ¡Y has conseguido llegar tú solo! —añadió Sara mientras se acercaba a él.

—Bueno, me ayudó tu Tyrion, un viejo capitán de barcos y… ya os contaré…

Sara abrazó a su amigo, aunque al hacerlo se dio cuenta de que lo que realmente le habría apetecido era besarle. Él se sorprendió un poco por su reacción, pero también sintió la misma emoción y atracción que ella. Se separaron torpemente sin llegar a satisfacer sus deseos, mientras Jato y Alex se miraron de reojo dando a entender mutuamente que habían visto saltar chispas con el reencuentro. El enojoso momento de tensión desapareció a la vez que el holograma cristiano volvía a ser el planeta Bastet. En ese instante oyeron una voz tras ellos.

—Hola amigos, me llamo Pedro, soy de los Sanadores y os he ido guiando hacia aquí para reuniros. No tenemos mucho tiempo, las patrullas no nos han localizado, pero se dirigen hacia este sector. He podido ir esquivando los drones, pero hemos detectado que vienen más refuerzos, seguramente empezaran a registrar las viviendas… Seguidme.

Su nuevo amigo y salvador los llevó bajando unas ruinosas escaleras de piedra hasta un sótano y través de una vieja puerta metálica que parecía dar paso a un lugar abandonado accedieron a un local. Una vez dentro, se encendieron unas tenues luces y pudieron observar que el interior no tenía nada que ver con su aspecto exterior. Había varios barriles de madera que desprendían un fuerte olor a cerveza, entre ellos se escondían algunos ordenadores y pantallas encendidas con varias personas tecleando junto a ellas. Por último, llamaba la atención un gran armario con variado armamento y munición en sus baldas.

—¿Qué es esto? —preguntó entusiasmado Jato.

—Nuestra pequeña aportación a los Sanadores. Intentamos abrir los ojos a la gente y, además, nos preparamos para una posible confrontación armada —respondió Pedro.

—¿Y los barriles? —cuestionó Emilio.

—Bueno, teníamos este sótano donde preparábamos cerveza artesanal cuando comenzó la guerra… y no encontramos ningún motivo para no seguir haciéndolo… solo que lo hemos ido acomodando como base de la resistencia en la ciudad.

—¡Cerveza!… ¿y se puede probar? —comentó Sara relamiéndose.

Pedro sonrío y cogió unos vasos que rellenó con el líquido contenido en uno de los barriles. Les invitó a sentarse en una mesa y el grupo se reunió como si estuvieran en una antigua tasca. Comenzaron a hablar de todo lo ocurrido y Jato les contó lo que habían descubierto sobre la torre. Emilio añadió cuál era su plan, entrar y destruirla. Sus nuevos amigos pasaron las siguientes dos horas buscando más información por la red oculta y preguntando a Sanadores de todo el mundo a través de ella. Nadie sabía la localización exacta de la torre, pero se obtuvieron testimonios de personas que creían vivir en sus proximidades, las cuales les facilitaron importantes referencias sobre la misma.

—En la crisis del 28, cuando el fallo en la torre —comunicó Jato a todo el grupo— algún niño birmano pareció despertar de su letargo, aunque fue algo temporal y nadie lo relacionó con el incidente… pero según parece los niños híbridos de esa clase tienen una especial conexión con la gran edificación. Hay quien dice que pueden detectarla como si captaran los sonidos que provienen de ella de una manera mucho más fuerte y nítida que el resto de bastianos.

Pedro quedó impresionado con este descubrimiento ya que su hijo era uno de esos escasos niños especiales. Siguieron contrastando la información recopilada de todas partes del mundo y, al fin, sacaron unas valiosas conclusiones.

—Bien, pensamos que esa torre puede ser vital para los visitantes, si conseguimos destruirla lograremos acabar con todos ellos o al menos debilitarlos para poder combatir —resumió Emilio.

—¿Qué ocurrirá con todos los bastianos que no comparten las ideas de los gobernantes tiranos? —cuestionó Pedro preocupado por su mujer.

—Hay que organizar su protección, no podemos permitir que gente justa que está de nuestro lado fallezca sin más —contestó Emilio.

—¿Y cómo haremos eso? —añadió Jato.

—Tenemos que acercarlos a las torres pequeñas que hay en cada ciudad, hay que organizar una huida simultánea en todo el mundo usando el nivel 2 de la red. En un radio de 1 kilómetro a su alrededor pueden vivir según las informaciones que tenemos referentes a cuando se instalaron por primera vez entre nosotros. Allí sobrevivirán por un tiempo, hasta encontrar una solución definitiva. Crearemos campamentos alrededor de cada torre —aseguró Emilio.

—La más cercana a este lugar está en Marruecos, no será complicado llegar allí junto a todos los bastianos que están de nuestro lado. Pero si fracasa la misión de destruir la gran torre, todos quedarán expuestos a merced de las autoridades, serán fácilmente apresados y juzgados como traidores… —dijo Pedro.

—Es arriesgado y no será fácil conseguirlo, pero hay que intentarlo… ¿estás de acuerdo?

Pedro asintió sin comentar nada más.

—Bien, también sabemos que accediendo al núcleo de la gran torre podemos destruirla. Tenemos explosivos para lograrlo, aunque esas pesquisas que hemos leído sobre un monstruo en su interior me preocupan, no sabemos qué podemos encontrarnos —añadió Alex.

—Puede que no sean más que rumores, tal vez propagados por ellos mismos para alejar a la gente de la torre —explicó Sara.

—Lo más importante es que no conocemos su ubicación exacta, pero tenemos con nosotros a un niño birmano que tal vez pueda indicarnos su localización —comentó Pedro muy serio.

—No podemos poner en peligro a tu hijo… —señaló Sara.

—Lo que no podemos es seguir viviendo así, además, si descubrimos cómo Felipe nos puede indicar una dirección no será necesario llegar hasta la torre con él.

—Aun así, será peligroso llegar a la valla y traspasarla… —dijo Sara.

—Es cierto… ¿cómo entraremos en el desierto y avanzaremos por él sin ser detectados? —preguntó Alex.

—Hay una serie de galerías de minas distribuidas por toda la ciudad —explicó Pedro— que nos permitirán alcanzar sin problemas la barrera que da paso al caluroso yermo.

—¿Os habéis dedicado a construir túneles en este tiempo? —preguntó Emilio.

—No exactamente, hay pasillos subterráneos que ya existían de tiempos anteriores, de hecho, forman parte de la historia de Melilla desde los siglos XVII y XVIII. Según las crónicas, a partir del año 1666 la dinastía Alauí, bajo el mandato del sultán Ismail de Marruecos, se empeñó en conquistar la ciudad española. A falta de un gran ejército y de una gran capacidad armamentística, idearon el plan de abrirse paso a través de la construcción de esas galerías, para así llegar a los muros y dinamitarlos desde su base. Sin embargo, ¡los melillenses se defendieron de la misma forma! Se diseñó un entresijo de túneles subterráneos que se ramificaban desde las arterias principales, con el objetivo de determinar por dónde venían acercándose los asaltantes y acabar con sus expectativas colocando explosivos antes de que pudieran avanzar. En el siguiente siglo, sobre el año 1715, Melilla sufrió otro ataque y de nuevo se sitió la ciudad, y otra vez las galerías fueron parte fundamental de la defensa.

—Vaya, así que la ciudad está agujereada —dijo Jato.

—Sí, y recientemente, al descubrir que los invasores no bajaban por allí nosotros los adecentamos e, incluso, los ampliamos. Hay mapas detallados de todo el subsuelo. Pero nunca conseguimos instalarnos ahí abajo para vivir, como sabemos que ha pasado en lugares parecidos a lo largo de todo el mundo.

—Sí, los llamados topos… en Madrid se aprovechó toda la red del metro —añadió Emilio pensando en su amigo Nacho.

—¿Y qué extensión tienen? ¿Salen de la ciudad? —se interesó Sara.

—Algunas ramificaciones se adentran en Marruecos e incluso llegan a Argelia. Pero lo importante es que por alguno de esos túneles llegaremos sin ser detectados a la empalizada que debemos cruzar —culminó su exposición Pedro.

—Perfecto —dijo Sara.

—¿Habrá mucha vigilancia? —preguntó Emilio.

—Cerca del vallado no vive prácticamente nadie, casi todo el norte de África fue despoblado, desaparecieron cientos de miles de personas sin dejar rastro en muy poco tiempo… nadie sabe exactamente qué pasó, si fueron exterminados o huyeron hacia la zona desértica y perecieron… pero fue algo que ocurrió en todos los países que comparten el Desierto de Sáhara. Solo quedan algunos focos con gente junto a la costa. Lo único a tener en cuenta es que hay puestos de seguridad que vigilan la alambrada y deberemos eludirlos, sin embargo, ellos cuentan con vehículos preparados expresamente para moverse rápidamente por esa zona de arena, unas lanchas aéreas que solo funcionan sobre terrenos arenosos. Si conseguimos hacernos con una podríamos atravesar el páramo de tierra enseguida… y dependiendo de la localización de la torre llegar a ella en apenas unas horas.

—Nos pisan los talones, eso de atacar el puesto fronterizo, robar el vehículo y, sobre todo, localizar la torre, sin saber todavía cómo hacerlo… será difícil conseguir que no nos cojan. Dudo de llegar en pocas horas, pues cómo se encuentre en un extremo del Sáhara podríamos tardar un día entero por muy rápidas que sean esas barcas voladoras —explicó Emilio.

—Estamos detectando que la vigilancia en los alrededores está bajando, porque están reforzando nuestra búsqueda aquí en la ciudad —dijo Jato mirando una pantalla de ordenador.

—Hay que intentarlo… tenemos un plan —sugirió categóricamente Sara.

—Bien… ¿Cuántas personas caben en esos vehículos que levitan?

—Son tan grandes como un coche… Cinco plazas… Cuatro si llevamos muchas armas —contestó Pedro.

—Jato tú te quedarás aquí comunicándote con Sanadores de todas partes, tienes que informar sobre la protección de los bastianos “buenos” acercándolos a cada torre próxima  —ordenó Emilio.

El joven asintió mientras observaba como Pedro cogía una bolsa de tela con algo pesado en su interior.

—Hemos programado una “app” para teléfonos inteligentes de los de antes, la hemos llamado “guasa”… es como la antigua aplicación de comunicación que usábamos todos, pero con servidores propios. Podremos comunicarnos siempre que tengáis acceso a una conexión Wi-Fi, nada de Ultra Velocidad, para no interferir con Savi y dar la alarma. Os daremos a todos móviles antiguos con la aplicación instalada —comentó Pedro.

— Wi-Fi… nos valdrá aquí en la ciudad y tal vez en la torre, pero no en el desierto —dedujo Sara.

Jato asintió dando la razón a la cazadora.

—¿Quién vendrá conmigo? —preguntó Emilio.

Sara dio un paso adelante sin decir nada.

—Yo iré con mi hijo Felipe —dispuso Pedro.

—Yo llevaré todas las armas y explosivos que pueda —añadió Alex.

 —Pues pongámonos en marcha… —concluyó Emilio.

Jato se quedó en la sala manipulando los viejos teléfonos suministrados por Pedro, mientras Alex y Sara cogían armas y metían una caja de explosivos en una maleta metálica. Pedro y Emilio salieron del sótano para dirigirse a la iglesia, donde el primero debía explicarle a su esposa Laura la decisión de llevar al chico con ellos.

 Los drones seguían vigilando las calles, aunque no veían a las patrullas policiales cerca del lugar. Uno de ellos, un diminuto robot terrestre de vigilancia, grabó como los dos fugitivos entraban por una vieja puerta de madera al viejo garaje de fachada blanca. No era una máquina preparada para atacar, pero mandó enseguida la información a las fuerzas de la ley en el distrito, comandadas por Arnold.

Cuando Laura abrió la puerta supo enseguida que algo ocurría. No sabía cuál era la mala noticia, pero intuía que no le iba a agradar.

—Hola cariño… —dijo sin dilación Pedro.

—Hola de nuevo, Laura… —añadió Emilio entrando en la sala. Ella no contestó.

—Laura… hemos descubierto algo que puede ayudar… —continuó su marido.

—Dilo ya —le cortó ella.

—Felipe puede tener la clave para ayudarnos a encontrar la torre, es…

—¿Nuestro hijo?

Pedro cerró la puerta y avanzó hacia el centro de la instancia, ella le siguió. Emilio se apartó hacia otra pequeña sala donde encontró a Felipe sentado en el suelo mirando la pared. No dijo nada y se sentó a su lado, mientras escuchaba hablar a Pedro tras la pared.

—Creo que esas veces que se ha puesto a llorar mirando por la ventana… son esas situaciones en que algo parece molestarle y no sabemos qué es, puede que sea porque recibe sonidos de la torre… creemos que de alguna manera puede indicarnos dónde está ubicada.

—¿Quieres que vaya con estos hombres para encontrarla?

—Yo iré con él, por supuesto, no le dejaré solo en ningún momento, pero creo que puede ser importante para todos.

—¿Pero por qué él?

—Parece que estos niños poseen esa habilidad… no conozco ningún niño más de estas características que pueda ayudarnos.

—¿Por qué ellos? Sí hay más niños híbridos en Melilla, ¿Qué tienen de especial que sean de ojos azules?

—No lo sé… pero puede ser que la alta mortalidad se deba a ello y quien sobrevive es capaz de recibir lo que sea que esa torre emite de forma mucho más aumentada que el resto de híbridos y de los bastianos en general.

—Pero es nuestro hijo… solo es un niño…

—Lo sé… y jamás haría nada para ponerle en peligro, sabes que sois todo para mí, pero tal vez gracias a él podamos acabar con este régimen totalitario de terror… construir un nuevo mundo más justo, donde todos podamos vivir en paz y armonía.

—¿Cuál es el plan?

—Yo iré con él, junto a Emilio y otro hombre, nos haremos con un vehículo de tierra y en cuanto sepamos la localización de la torre me separaré de ellos y me quedaré con Felipe para regresar aquí.

—¿Y si no logra indicaros el camino? ¿Cómo pensáis averiguarlo?

—No lo sé… confío en que una vez en el lugar… no habrá mucho peligro al haber sido despoblado… solo necesitaremos una dirección para avanzar… tal vez sin estar rodeados de edificios capte mejor alguna señal…

Laura se quedó pensativa y antes de poder dar su respuesta se oyó un fuerte golpe en la puerta de entrada, justo después, cayó al suelo electrocutada por un disparo de Arnold.

—Aquí estáis cerdos terroristas —dijo entre dientes el jefe de policía.

Pedro gritó desconsolado al ver yacer sin vida a su mujer, intentó levantarla, pero recibió varios disparos en la espalda efectuados desde la pistola del jefe policial bastiano. Emilio se levantó poniéndose delante de Felipe. Su instinto le llevaba a intentar proteger al joven, aunque poco podía hacer ante la furia de Arnold. Este pasó delante de los dos cadáveres asegurándose de que estaban muertos, además de volver a preparar su pistola para el modo eléctrico. Entonces pudo observar a Emilio en la pequeña sala contigua, le apuntó y deslizó su dedo por el gatillo, sin embargo, cuando llegó a presionarlo erró el tiro, ya que era él mismo el que estaba recibiendo impactos desde la puerta de entrada. Sara descargaba una vieja metralleta sobre Arnold, liberando toda su rabia y salvando la vida a su amigo.

Alex se encontraba fuera, intentando mantener alejadas al resto de patrullas disparando contra los drones que se acercaban. A sus pies custodiaba una maleta llena de explosivos.

Emilio salió lentamente de la habitación con Felipe en sus brazos, al que le tapaba los ojos para que no pudiese ver la trágica escena de sus padres fallecidos.

—Salid, tenemos que darnos prisa, vendrán todas las patrullas de la zona —dijo Sara, mientras observaba las dos víctimas mortales en el suelo.

Emilio se dirigió a la salida sin dejar de apretar a Felipe contra su cuerpo, aunque mientras lo hacía, miró atrás para asegurarse de que su amiga les seguía. Entonces observó a Arnold en el suelo, sangrando de sus heridas, pero con vida e intentando levantarse.

—¡Sara!… sigue vivo… —grito el exfutbolista mientras salía del local protegiendo al niño entre sus brazos.

La cazadora se giró enseguida, pero antes de poder rematar a su enemigo, oyó los disparos efectuados por el moribundo Arnold. No recibió ningún impacto, pero observó cómo saltaban por los aires cuadros y un crucifijo de madera desde la pared que tenía a su lado.

—¡Joder! —exclamó ella.

—Maldita humana… —musitó él.

Foto de Martin Brechtl

Sara consiguió ocultarse a tiempo tras la figura que representaba la Virgen María con el niño Jesús en sus brazos. Emilio estaba fuera del garaje cubriendo a Felipe, ambos se mantenían cubiertos gracias a los disparos de Alex. Arnold continuaba tiroteando sin mucho acierto, pero los impactos contra la escultura hacían que trozos de mármol golpearan a la cazadora que se mantenía oculta. El sonido de los proyectiles cesó y Sara supo que su oponente se había quedado sin balas después del intenso ataque, sin embargo, antes de poder salir y atacar, la maltrecha virgen de piedra se le cayó encima haciéndole perder el arma y dejándola, durante unos instantes, bocabajo e indefensa en el suelo.

—Estás muerta… —aseguró el policía apuntándola con el modo eléctrico de su arma.

La cazadora se volteó para ver como el jefe de policía se disponía a dispararle, en un intento desesperado por salvar su vida agarró instintivamente el viejo crucifijo de madera que estaba a su lado y se cubrió con él a la vez que su enemigo disparaba. La escena parecía evocar a una desesperada víctima de un vampiro intentando alejarle con el símbolo sagrado.

Hubiese dado igual la forma de la cruz, pero el caso es que la pequeña bola metálica que salió de la pistola, quedó incrustada en el crucifijo sin llegar a electrocutar a Sara. Los dos quedaron momentáneamente sorprendidos, pero mientras Arnold se vio sin posibilidad de atacar, ella se levantó rápidamente y le empujó arrastrándolo varios metros hasta tumbarlo sobre el altar. Allí notó que estaba muy herido por los impactos de bala, pero también que tenía un chaleco protector que había evitado el daño de órganos vitales. Él se rehízo propinando un fuerte cabezazo a la cazadora que la obligó a retirarse unos metros. El bastiano volvió a reincorporarse e intentó coger la metralleta abandonada en el suelo a pocos pasos. Ella volvió a lanzarse contra él, esta vez empujándolo contra la pared donde se encontraba la estatua de San Jorge. No fue a propósito, pero con el fuerte impacto propinado, consiguió que la lanza del santo guerrero atravesara el pecho del jefe de policía, el cual expiró en el acto, permaneciendo con los ojos abiertos y sangrando por la boca. Ella se separó de Arnold sin acabar de creerse que hubiese acabado con su vida de esa manera. Miró a San Jorge que parecía sonreír tras haber atravesado el corazón del dragón.

00 Una vez en la calle se reunieron los cuatro y montaron en un coche introduciendo la maleta de explosivos en su interior.

—Yo conduciré, tengo la localización de la entrada al subsuelo… pero este coche que nos han facilitado no es gran cosa, Sara deberás cubrirnos… —dijo Alex.

—Lo haré… —contestó mientras se colocaba en el asiento del copiloto. Emilio se tumbó en los asientos traseros para cubrir lo mejor posible al huérfano. Al hacerlo vio que había una bolsa con varios teléfonos móviles.

Alex arrancó el coche cuando percibían que se acercaban numerosos coches patrulla y un helicóptero. Entonces el holograma que representaba al planeta Bastet se transformó en un gran edificio que tapaba su posición.

—¿Habéis visto eso? —preguntó Sara.

—Nos dará unos segundos extra… —contestó Alex mientras aceleraba.

—Ha sido Jato desde su escondite, nos desea suerte… Dijo Emilio mirando uno de los móviles a través de la aplicación “guasa”.

El conductor fue callejeando como si conociera las calles de la ciudad desde siempre, aunque realmente solo recordaba vagamente el plano que le había enseñado Pedro anteriormente. No dejaron de oír a sus perseguidores, pero no se encontraron con ninguno de ellos de frente hasta llegar a una vieja tapa metálica en el suelo.

—Tiene que ser ahí… entremos… —dijo Alex deteniendo el vehículo junto a ella.

Todos bajaron del coche. Sara cogió una pistola junto a su metralleta, además de portar con la maleta de explosivos. Emilio seguía con Felipe en los brazos y un móvil en sus manos. Alex dudó si llevarse el arma más pesada que había, pero también la más destructiva, o decantarse por algo más ligero.

—Vamos a trasladarnos por pasillos estrechos… —dijo Sara para acabar con sus dudas.

Alex, tras oírla, cogió dos pistolas y dejó el resto en el coche. Enseguida entraron en el túnel que era más amplio de lo que esperaban, por lo que comenzaron a avanzar rápidamente.

Las fuerzas policiales, que habían perdido su mando, daban vueltas por las calles de Melilla sin saber exactamente a dónde ir ni cuál era el siguiente paso que debían dar. Solo demandaban órdenes pidiendo refuerzos. Esto originó, todavía con más fuerza, que las unidades de protección en las fronteras se adentraran en el sector melillense dejándolas desprotegidas de forma involuntaria.

Caminaron durante horas, seguían indicaciones por el móvil para saber a donde tenían que ir, pero no todos los puntos del intrincado camino tenían cobertura Wi-Fi. A pesar de las dificultades, llegaron a una salida del conducto y en cuanto vieron la luz encontraron una valla que les impedía entrar en el arenal.

No sabían si esa zona era Argelia, Marruecos o todavía parte de Melilla, pero observaron que no había nadie esperándoles. Rápidamente corrieron hacia uno de los vehículos sin ruedas y montaron en él, de nuevo Alex en el asiento del piloto. El aspecto del invento aéreo era el de un coche, sin cubierta superior, sin ruedas y con una palanca en vez de volante.

—Hola soy Savi, este transporte solo puede ser conducido por personal de vigilancia autorizado, fuerzas de la ley o trabajadores de la torre… no reconozco al conductor, diga su número de identificación…

—¡Mierda! —gritó Alex.

—Déjame conducir a mí… —pidió Emilio.

Dejó al pequeño huérfano en el asiento de atrás y salió de la lancha aérea para pasar al asiento del conductor, a su lado ya estaba sentada Sara. Alex también bajó del vehículo para dejar el puesto a su compañero y pudo divisar cómo a lo lejos una patrulla de vigilancia se acercaba hacia ellos a toda velocidad en otra lancha voladora.

—Joder… —susurró Alex sin decir nada a sus compañeros.

 En cuanto Emilio se sentó una luz verde se encendió en algún lugar del panel frontal. Al verlo, posó su dedo en el lector de huellas y se puso en marcha el sistema de levitación antigravedad.

—Hola soy Savi, usted es un trabajador de la torre, use su indicador de posición personal para llegar a su destino —comentó la amable voz digital.

—¿Qué demonios es ese indicador? —preguntó Sara.

—Deduzco que una especie de GPS que tendrán los trabajadores… —respondió Emilio— pero se supone que nosotros contamos con nuestro propio indicador humano… Sube Alex, nos vamos…

Alex no contestó, cogió la metralleta de Sara sin avisar y cerró la puerta de la parte trasera del coche, enfilando hacia la patrulla que se acercaba a gran velocidad.

—Iros, yo os cubriré… y por favor, destruid esa maldita torre…

En este momento, Emilio y Sara, supieron que Alex iba hacia una muerte segura, pero comprendieron que estaba dando su vida, no por ellos, sino por toda la humanidad.

Casi un minuto después de haber comenzado el ascenso del vehículo, un pitido indicó que se había alcanzado la altura necesaria para arrancar. Emilio no lo pensó más y deslizó la palanca hacia delante.

—¡Agarraos!

Enseguida atravesó el cercado para continuar avanzando hacia el horizonte. Sara miró atrás y pudo observar, a pesar de las lágrimas, como Alex caía al suelo tras haber logrado detener al coche policial, después miró al asiento trasero y vio a Felipe sentado en vez de estar tumbado, lo que le extrañó enormemente, además notó que no dejaba de mirar hacia un lateral con la vista perdida.

—Felipe… no sé si puedes comprender lo que ha ocurrido… lamento tanto lo que ha pasado… no te quedarás solo, cuidaremos de ti… te lo prometo… si puedes entenderme… necesitamos… si sabes lo que buscamos y puedes indicarnos de alguna manera…

Felipe sin dejar de observar el infinito, levantó su brazo señalando un punto concreto. Emilio miró sorprendido a Sara y sin llegar a articular palabra, corrigió el rumbo del vehículo como si el dedo del pobre huérfano fuera la flecha que marca el norte en una brújula.

—Savi, mantén exactamente esta dirección a la máxima velocidad —comunicó Emilio al asistente.

—Muy bien, mantendré la dirección mientras sea posible, si algún obstáculo lo impide, lo sortearé para volver a recuperar la dirección correcta a continuación —informó Savi.

—¿Crees que de verdad está indicando nuestro objetivo? —preguntó Sara.

Emilio volvió la cabeza y reparó que Felipe dejaba de señalar y se recostaba sobre el asiento.

—Es el camino que ha marcado el birmano, estoy seguro de que es el camino correcto… —apuntaló convencido y emocionado Emilio.

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