Saltar al contenido

Capítulo 16: Las entrañas de la torre

Foto de Jr Korpa

La finalidad del trabajo de Fernando Stavros, el doctor de origen griego que colaboraba voluntariamente con el gobierno invasor, era conseguir que cualquier habitante del planeta Bastet pudiese vivir en la Tierra sin necesidad del sonido emitido por las torres.

Fernando se afanaba un día más en el pequeño laboratorio secreto del interior de la gran torre. El científico volvió a hacer un nuevo intento y sacó al bastiano de la cabina reguladora de sonidos. Era paradójico que necesitaran la sonoridad emitida por las torres para sobrevivir y, sin embargo, que no pudieran soportarla mucho tiempo dentro de ellas y, mucho menos, en el caso de la torre nodriza.

La criatura elegida como conejillo de indias, se pasaba día y noche dentro del edificio entre medicamentos, ensayos clínicos y descansos en esa cabina biológica, demasiado cara de construir cómo para hacer edificios del mismo material con su propia tecnología. Por esta razón solo existía este prototipo creado con el fin de ayudar a Stavros a encontrar la solución definitiva para poder subsistir en la Tierra sin el sonido vital de su planeta y sin depender de las torres.

El alienígena dio unas vueltas alrededor de la sala demostrando que se encontraba bien y después intentó pronunciar algo que se quedó en un sonido gutural que el doctor no pudo descifrar.

—Eric… ¿Me recuerdas?, soy el doctor Stavros.

Eric asintió emitiendo otro sonido indescifrable.

—¿Cómo te encuentras? ¿Te duele algo?

Ante la pregunta reaccionó negando con la cabeza.

Lo que parecía algo imposible a priori, Fernando lo había conseguido tras años de investigación, gracias a la terapia génica. Esta tecnología consiste en introducir genes en el individuo por medio de un virus y así lograr que se reproduzca en todas las células. Con Eric había usado este tratamiento de tipo somático, es decir que los cambios conseguidos son solo para ese paciente. Sin embargo, su plan era usar la misma técnica, pero de tipo germinal, en otras palabras, que los hijos de ese individuo ya nazcan con los genes añadidos.

Hasta este momento Fernando no había logrado que sus pacientes sobreviviesen más de tres meses. En todos los años que llevaba investigando había ejecutado a unos sesenta voluntarios, pero eso parecía haber terminado.

En esta última prueba el espécimen podía estar fuera de la cabina sónica sin ningún tipo de dolor. Para lograrlo, le había suministrado como complemento a la terapia, diversos fármacos de su invención provocando graves efectos secundarios; como una disminución de la sensibilidad de todo su sistema nervioso central, con lo que había perdido casi por completo la sensación de dolor y el sentimiento de las emociones. Otra consecuencia no deseada era que había aumentado su musculatura considerablemente, incluso deformándolo por la irregularidad del desarrollo de sus músculos, lo que otorgaba al bastiano un aspecto aterrador.

El tratamiento le había hecho degenerar tanto su capacidad de hablar como mucha visión. Además, había perdido gran cantidad de pelaje de su cuerpo. Aun así, sus constantes vitales no solo eran buenas, sino que físicamente él se transmutó en un ser mucho más fuerte que antes. Dado que era bastante grande, unido a su enorme fortaleza y su gran resistencia al dolor, se podía decir que el científico había creado una máquina de matar que podía vivir en el interior de la torre, y también, sobrevivir sin ella en cualquier lugar del planeta, incluido el subsuelo.

—Mejoraremos la medicación, recobrarás el habla y recuperarás tu aspecto… ahora será todo mucho más sencillo… estás haciendo una gran labor para todos los tuyos. Eres un héroe Eric Stavros.

Los bastianos no tenían apellidos, al menos de cara a los humanos, así que él le había bautizado con el suyo, como si fuera su propio hijo.

Emilio y Sara llevaban unas tres horas de viaje a toda velocidad por el desierto y no habían encontrado oposición, pero temían que en cualquier momento pudieran llegar fuerzas enemigas áreas o terrestres.

—Emilio… ¿conoces a un tal Nacho? —preguntó Sara mirando un Smartphone.

—¿Nacho? ¿El general del metro de Madrid? —respondió Emilio haciendo dos preguntas.

—Ya no tenemos señal Wi-Fi, pero en algún momento Jato nos mandó un mensaje notificando que está vivo, aunque todavía algo débil, pero a salvo de la enfermedad. Va a organizar la reunión de los bastianos afines y la lucha contra los agresores. Está coordinando con el resto de países el ataque en cuanto la gran torre caiga. Parece que hay revueltas ahora mismo por todo el mundo. Por fin los Sanadores se han puesto realmente en marcha.

—Mucha gente ha muerto para que esto pueda ocurrir.

—¿Y si no conseguimos llegar a la torre… o sencillamente, no podemos destruirla?

—Lo lograremos —afirmó esperanzado Emilio.

—No sabemos si nos espera un ejército allí.

—Ellos no conocen lo que hemos descubierto sobre la torre, nos han perseguido hasta Almería porque buscábamos el centro de televisión y posteriormente nos siguieron a La Alcazaba, pero nuestra llegada a África les pudo parecer que era la única salida de salvación y no porque buscáramos ningún objetivo. No van a proteger la maldita torre porque no sospechan que deben hacerlo, la prueba está en que las fuerzas que protegían la valla estaban bajo mínimos porque nos perseguían en Melilla. Además, según dices, ahora estarán preocupados por todas las revueltas que se están produciendo en diversas partes del mundo y, por si fuera poco, el policía asesino que nos perseguía, está muerto.

Un grito de Felipe cortó la conversación.

—¿Qué ocurre? —preguntó asustada Sara.

Emilio dudó unos segundos antes de dar una orden a su vehículo.

—¡Detente Savi!

La lancha aérea se detuvo y los dos pudieron observar como el pequeño miraba fijamente hacia delante, donde solo se veía el inmenso desierto.

—¿Qué piensas que le ocurre? —preguntó Sara.

—Creo que percibe algo que nosotros no vemos.

—¿Un holograma?

—Eso es.

Emilio bajó del aparato volador antes de que este se posara en el suelo, caminó unos metros delante de él y desapareció a la vista de Sara. Había quedado oculto detrás del gran holograma que mostraba un gran desierto. Él, en cambio, veía la enorme torre al fondo. Entonces notó la presencia de un par de personas de aspecto magrebí que le observaban con gran extrañeza. Uno de ellos dijo algo ininteligible para él y comenzó a gritar. Enseguida su compañero le tapó la boca e hizo un gesto a Emilio para que se acercara.

—¿Qué haces aquí? Está prohibido si no tienes autorización —dijo muy nervioso y con un marcado acento árabe el hombre que estaba designado a la torre.

—Trabajo aquí —contestó Emilio poco convencido.

—Aquí solo trabajan los que vivimos confinados… tú eres el de las noticias… ven… antes de que te vean los guardias…

El hombre dejó libre a su compañero haciéndole señas para que no llamara la atención. Le explicó en su idioma que no diera la voz de alarma y que siguiera con lo suyo. Después, descendiendo por una rampa, llevó a Emilio a una pequeña sala bajo el suelo donde había una mesa y un par de sillas. Muchas herramientas colgaban de la pared y en una esquina descansaba una impresora 3D. También pudo ver otra puerta en el extremo opuesto de la habitación.

—¿Tu compañero no me delatará?

—No, tranquilo, se asustó al verte, pero le conozco, es como mi hermano.

—Eso espero. Necesito entrar en la torre.

—Aquí abajo no suelen venir guardias… en esta zona no hay extraterrestres peludos, pero hay varios guardias humanos en la entrada, es imposible que puedas acceder a ella.

—Tengo que llegar al núcleo.

—Te matarán antes de que te acerques a la puerta. Si no llego a estar yo, mi compañero hubiera avisado a las fuerzas de seguridad.

Emilio quedó pensativo unos segundos con la vista clavada en el suelo, cuando levantó la mirada se fijó en el nombre de su colega escrito en una tarjeta de identificación que había en su pecho.

—Veo que te llamas Sidi, yo me llamo Emilio como ya sabrás. ¿Entonces tú vives aquí?

—Sí, fui designado hace años tras la guerra.

—Hablas mi idioma.

—Soy saharaui, bueno lo era cuando había países y fronteras… y cuando tenía familia… ahora mi país y los alrededores son solo desierto, tanto en vegetación como en edificaciones y habitantes. En muchas zonas del Sáhara Occidental se hablaba tu idioma, sobre todo por las personas mayores. Mi bisabuelo tenía documentos españoles cuando comenzó la Marcha Verde en el año 1975. Mi familia conservó su lengua y me la transmitieron, me decían que nunca tuvimos que dejar de pertenecer a España… pero eso queda muy lejos, al llegar estos cabrones espaciales arrasaron con todo, la mayor parte de la gente desapareció, algunos tuvimos suerte de ser escogidos para trabajar aquí, el resto a saber qué suerte siguió.

Sidi … ¿Cuánta gente trajina por aquí?, ahora mismo hay revueltas por todo el mundo, necesito tu ayuda y tal vez podamos conseguir la de todos los operarios.

—Imposible, aquí todos somos adaptados, pero con respecto al trabajo nos tratan como serviles, de hecho, nos implantaron un chip… si intentamos cualquier cosa moriremos con la simple pulsación de un botón.

—Así que era cierto lo del famoso chip… ¿Vosotros sabéis por qué es tan importante esta torre? La manera de ocultarla, no dar información sobre su localización… que solo trabajen aquí personas que viven cerca y que tampoco haya bastianos al lado.

—Siempre hemos sospechado que protegen algo, pero realmente por mucho que esta torre sea más grande que otras el trabajo que se realiza en ella es el mismo que en las demás, al menos hasta donde yo sé.

—Pensamos que la necesitan para vivir… si consigo destruirla seremos libres…

—Algo hemos oído en las noticias por la red oculta… los últimos días se ha revolucionado la actividad de los Sanadores en todo el mundo, pero las noticias oficiales te tachan de terrorista y hoy mismo han comunicado que habías muerto.

—Ya ves que no.

—¿Y tus amigos? ¿Has llegado aquí solo?

—No… algún buen amigo se ha quedado en el camino, pero no estoy solo. Ahora les diré que entren y tú podrás ocultarlos aquí abajo, pero antes dime una cosa, ¿en este lugar también existía una entrada subterránea para intercambiar los repuestos?

—Si… como en todas las torres, pero dejó de usarse del mismo modo que en las demás… solo funcionó al principio, cuando pensaban que todo se podía hacer de manera automática… en cuanto metieron trabajadores humanos esa zona quedó clausurada.

—Lo sé, en mi torre ocurrió lo mismo, necesito entrar por ahí y llegar al núcleo.

—Es una locura, había sistemas de seguridad especiales que…

—No tengo otra opción.

—Está bien, te indicaré donde está la entrada.

—Gracias.

Una vez que Sara y Felipe penetraron en el recinto, Sidi escondió a Felipe en el pequeño cuarto.

—Toma mi “allable”, no tengo mucho más para entretenerte.

Felipe lo cogió y comenzó tocar la pantalla. Enseguida estaba jugando a un juego matemático, donde iba uniendo números de una manera lógica, aunque Sidi no llegaba a comprender su funcionamiento.

—Volveremos enseguida, Felipe, no te dejaremos solo mucho tiempo —le dijo Sara al pequeño, aunque no terminaba de creérselo ni ella misma.

—Bien, vámonos —ordenó Emilio cogiendo la maleta llena explosivos.

—Espera, salid por esta otra puerta —exclamó Sidi mientras la abría.

Detrás había un estrecho pasillo con una gran trampilla metálica en el suelo.

—Este es el acceso que buscáis, pero ahí solo entraban máquinas o personal de mantenimiento. Realmente no sé qué podéis encontraros.

—Gracias Sidi, tenemos que intentarlo… —concluyó Emilio.

Entonces cruzó la puerta y levantó la trampilla metálica dejando a la vista un pasillo vertical bastante ancho, sin escalones, pero donde no había mucha altura. Se quedó colgando del borde para saltar hacia abajo con el menor peligro posible. Sara le siguió, no sin antes darle la maleta negra.

Los dos avanzaban lentamente por un pasillo oscuro, apenas podían iluminarse usando sus viejos smartphones, cuando unas luces se comenzaron a encender en la pared a su paso. Ahora sí podían ver unos grandes brazos mecánicos por arriba que en su día llevaban los repuestos de la torre, aunque ahora estaban completamente inertes. Un sonido metálico surgió del suelo. En pocos segundos todo el firme del pasillo que habían dejado atrás, desapareció mostrando a la vista un gran abismo bajo él. Además, el suelo que estaba bajo sus pies comenzó a moverse como una cinta transportadora para atraerlos hacia él.

—¿Pero qué demonios es esto? —exclamó Sara.

—Por aquí se llevaban los suministros automáticamente a la torre, había un sistema de seguridad para que nadie entrara y también para acabar con animales o intrusos que se colaran.

—¿Y eso no podías haberlo dicho antes? porque vamos a caer al puto averno.

—No sé exactamente en qué consiste esa seguridad, en mi torre nunca he estado en una zona como esta.

Sara comenzó a correr y Emilio la siguió, aunque con la maleta a cuestas le costaba algo seguirla. A los pocos segundos el pavimento comenzó a moverse con mayor velocidad.

—¿Estoy soñando o vamos hacia atrás? —preguntó ella casi sin aliento, viendo que por más que corriera no avanzaba.

—Mierda, es cuestión de tiempo que acabemos en el hoyo.

—Pues apresúrate más, si el pasillo termina donde las luces, no está lejos el final.

A los pocos segundos la velocidad volvió a aumentar. Emilio, que iba con menor ligereza que su amiga por el peso, se iba acercando peligrosamente al pozo.

—Espera, creo que cuanto más aceleramos, más rápido va este terreno encintado.

—¡¿Cómo?!

—¡Detente, para de golpe, no te muevas!

Ella dudó unos segundos, pero terminó por detenerse. Él también lo hizo y durante unos instantes dejaron que la banda transportadora les arrastrara hacia una muerte segura.

—¿Estás seguro de esto? —gritó ella jadeando.

Emilio no contestó, tenía los ojos cerrados y movía los labios como si estuviera rezando para sí mismo. A los pocos segundos la velocidad descendió considerablemente. Él se encontraba casi al borde del abismo cuando la cinta paró completamente su movimiento.

—¡Ha parado… eres un genio Emilio!

Él miró atrás y vio el final del camino apenas a medio metro.

—Bien, ahora caminemos despacio, lentamente… primero uno y luego otro… si oyes cualquier ruido te paras y esperamos…

—Entendido… tú primero… estás más cerca del hoyo…

Emilio comenzó a dar pasos grandes, lentamente, sin apurar ni siquiera andar de forma seguida. Tardó más de un minuto en llegar a la posición de Sara.

—Bien… adelante… lento, pero seguro…

Ella sonrió y comenzó a caminar del mismo modo… al cabo de unos minutos llegaron al final del pasillo sin más contratiempos. Se abrió una compuerta de forma automática, dando paso a una sala circular con suelo firme que tenía un gran rodillo en el centro. El cilindro llegaba de pared a pared y aunque era alto, podía saltarse con relativa facilidad. Sin embargo, parecía muy pesado y si te atropellaba, te tumbaría y aplastaría sin poder remediarlo.

—Hay una puerta en el otro extremo, solo tenemos que saltar ese tubo de metal y llegar a ella, ¿cuál crees que es el truco? —caviló Sara.

Emilio miró hacia arriba y vio unos brazos mecánicos cruzando toda la sala.

—Supongo que esa gran tubería nos guarda alguna sorpresa… me suena que en algún momento se deshacían de los repuestos en mal estado triturándolos…

Emilio no había terminado su frase cuando la habitación comenzó a agitarse, esta vez de forma circular, sobre el eje central, de modo que si se quedaban quietos se acercarían a un extremo del rodillo.

—Bien, prepárate, al llegar a él brincamos y tomamos carrerilla hacia la puerta de salida —ordenó Emilio.

—No puede ser tan fácil —musitó ella.

El rodillo comenzó a rodar hacia ellos, se mantenía quieto pegado a la pared en cada extremo y según rodaba se estrechaba adaptándose en todo momento a la longitud de la sala, independientemente del giro del suelo.

—Mierda… ¿el plan sigue siendo el mismo? —preguntó Sara.

—Supongo que sí —respondió sin mucha convicción su compañero de aventuras.

Se mantuvieron a la espera y, cuando el enorme cilindro estuvo cerca, saltaron sin gran problema. Emilio, que seguía portando la maleta, tuvo que esforzarse algo más, pero lo habían logrado sin demasiado peligro. El rodillo recorrió unos metros antes de parar, para volver a ponerse en marcha pero en dirección contraria. La sala circular también cambió su movimiento, por lo que ahora se alejaban de la puerta y se acercaban al gran rodillo. Por si fuera poco, la velocidad de la sala aumentó, ahora era mucho mayor, por lo que les resultaba muy complicado deslizarse en sentido contrario, además viendo cómo se acercaban peligrosamente de nuevo al peligro.

—Prepárate para saltar de nuevo…

Antes de que llegara el gran tubo metálico vieron como en determinadas partes de él aparecían unos pinchos que entraban y salían tras cada vuelta. Emilio saltó, sin soltar la maleta, pero esta vez uno de los pinchos rozó su pierna haciéndole una herida. A continuación, Sara lo pasó esquivándolo con más suerte que él.

—¿Estás bien?

—Si… solo es un corte… no me impedirá correr.

—Eso espero, porque ahí viene otra vez.

El rodillo volvió a cambiar la dirección, la sala seguía girando en el mismo sentido, pero bajó considerablemente la velocidad de golpe. Ese cambio tan brusco hizo que ambos se tambalearan y Emilio soltara la maleta al caerse al suelo. El cilindro se acercaba con gran rapidez, Sara recogió los explosivos justo antes de hacer una pirueta sujetando la maleta en su regazo, esta vez de espaldas, al estilo Fosbury, como si estuviera participando en una competición de atletismo. Los pinchos le rascaron la espalda al pasar por encima, pero apenas le hicieron unos rasguños. Emilio se levantó antes de que el rodillo le aplastara, pero no tuvo tiempo de eludirlo por encima y corrió delante de él contrarrestando el movimiento del suelo y consiguiendo llegar hasta la puerta por la que entraron a la habitación. El tubo mortal se paró justo antes de aplastar a Emilio, su volumen le impedía llegar hasta el mismo extremo de la puerta, pero algunos pinchos sí alcanzaron e hirieron de nuevo a Emilio, esta vez en sus brazos. Enseguida, el demoniaco artefacto comenzó a rodar hacia Sara, que tras su último arrojo se encontraba en disposición de escapar por el otro extremo.

—Corre Sara, sal y continúa… no sé si lograré salir, pero tú tienes los explosivos y una misión que cumplir —gritó a su amiga.

Ella se abalanzó hacia la puerta, el suelo volvió a cambiar de dirección y aumentó su velocidad, pero ella había conseguido ganar bastante terreno al haber recorrido el cilindro la sala hasta el otro extremo. Marchaba con más dificultad que antes por el peso de la maleta, pero no miró atrás, aunque oyera cada vez más cerca el sonido metálico que se acercaba, al final ganó la salida justo antes de que los pinchos la atravesaran.

Como si la maquinaria supiese que todavía podía conseguir una presa, regreso hacia la posición de Emilio. Este avanzó, solo tenía que brincar una vez más el cilindro para escapar y reunirse con Sara. Sus heridas no eran graves, así que se armó de valor y caminando de lado para contrarrestar el nuevo movimiento del suelo, se preparó para el salto. Sin embargo, el cilindro se detuvo a mitad de camino. Emilio fue hacia él, le daba igual lanzarse por encima, estuviese parado o en movimiento… y otra vez el tubo se puso en marcha a una baja velocidad para detenerse de nuevo a los pocos segundos. El suelo cesó su movimiento sorprendiendo a Emilio que, dubitativo, también se detuvo. Parecía que el malvado rodillo con pinchos le estuviera retando.

—Está jugando conmigo la maldita sala —dijo para sí mismo.

Volvió a acercarse a él, esperaba que el suelo se moviese en cualquier momento, así que no se precipitó para evitar perder la verticalidad si eso sucedía. El engendro metálico volvió a despertar y se encaminó hacia él. Según se acercaban el uno al otro la rotación iba siendo más rápida, pero ya no había vuelta atrás y Emilio respingó a gran altura para sortear tubo y pinchos. Lo que él no esperaba es que su enemigo de metal detuviese su curso en seco y retrocediera un poco para que Emilio cayera sobre él.

—¡Mierda! —exclamó temiéndose lo peor.

Se posó sobre la superficie metálica, pudiendo colocar los pies entre los pinchos sin ser insertado por ellos. Estaba en equilibrio, sin saber si saltar o esperar, y rezando para que no aparecieran pinchos bajo las suelas de sus zapatos. Nuevamente el suelo comenzó a menearse a gran velocidad, y él intuyó que la circulación del cilindro sería inminente, pero no acertaba a discernir hacia qué dirección lo haría. Sara observaba la escena desde la puerta, con la maleta en la mano y el corazón en un puño. El motor comenzó una vez más a funcionar, a poca velocidad y alejándolo de la salida. Debido a la lentitud del movimiento era relativamente fácil continuar encima del tubo. Sin embargo, iban apareciendo pinchos que tenía que ir sorteando. No se atrevía a saltar, ya que la gran aceleración que había tomado el suelo podía convertirse en una trampa mortal.

—Emilio, tengo una idea… —dijo Sara.

La cazadora abrió la maleta, sacó el artefacto explosivo, formado por una caja metálica con una pantalla LCD, y volvió a cerrarla.

—Prepárate para abalanzarte cuando te diga y después corre hacia mí.

A continuación, lanzó la maleta al centro de la sala por encima del cilindro.

—¡Ahora, salta!

Emilio le hizo caso y estando en el aire la maleta cayó al suelo, el cilindro cobró vida y aceleró hacia ella. Emilio comprendió el plan de Sara que había conseguido engañar a los sensores de la mortífera maquinaria. Le costó recuperar la verticalidad y correr en contra de la dirección del suelo, pero ya estaba bastante cerca de la meta. Su oponente metálico tardó en reaccionar unos segundos tras aplastar sin compasión la maleta vacía y, de este modo, el exfutbolista consiguió alcanzar la salida sin más heridas.

—¡Lo hemos conseguido! —exclamó Sara.

—De momento sí… ¿qué más nos sorprenderá ahora?

—Espero que nada más.

—¿Y esto no explotará sin la protección de la maleta? —preguntó Emilio recogiendo la caja explosiva.

—Se supone que solo lo hará si activamos el sistema con un código, no estallará por un impacto si no se mezclan los componentes de su interior, eso nos explicaron el pobre Pedro y su gente —contestó ella con la voz más convincente que supo poner.

Avanzaron por otro pasillo con cautela, seguían viendo brazos mecánicos en la parte superior y vigilaban el suelo por si ocurría algo extraño. No sucedió nada hasta que llegaron a una bifurcación.

—Tú eres el experto en torres… —comentó Sara esperando que su amigo decidiera qué trayecto tomar.

—El pasillo de la izquierda sigue teniendo brazos mecánicos en el techo, el de la derecha no. Es lógico pensar que el correcto para llegar al núcleo es el primero.

—Me parece bien —dijo ella mientras avanzaba por el camino elegido.

De repente, el suelo cedió bajo sus pies formando una rampa que la condujo hacia una sala oscura. Antes de que Emilio pudiera reaccionar, el suelo retornó a su posición original y una barrera de metal apareció desde una de las paredes impidiendo que pudiera seguirla.

—¡Sara!

Emilio esperó unos minutos, pero la pared metálica no se movió. Pensó que, en algún momento, el camino tendría que volver a liberarse, pero no sabía cuánto podría tardar en hacerlo. Meditó si sería buena idea seguir esperando o trasladarse al segundo pasillo. Decidió hacerlo, tenía una misión y no dudaba de que Sara pudiera salir de su trampa sin su ayuda. Sin embargo, repasó mentalmente lo poco que conocía de esta parte de la torre y recordó que los falsos suelos estaban destinados a deshacerse de los desperdicios. Entonces, no pudo evitar de imaginar que, tal vez, ya no habría posibilidad de encontrar a su amiga con vida.

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *