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Capítulo 17: La fauna de la torre

Las revueltas por todo el mundo se habían convertido en una verdadera revolución. Los Sanadores habían salido a la calle con todo el arsenal disponible para enfrentarse a los invasores esperando que, en algún momento, comenzaran a desfallecer por la carencia del sonido que se emitía a través de las torres y que les hacía subsistir. Los bastianos todavía no comprendían por qué se había producido ese levantamiento armado, cuando su tecnología era muy superior y podían acabar con los altercados fácilmente.

Nacho, el valiente militar que se escondió durante años en la red del metropolitano de Madrid, estaba todavía algo débil debido a enfermedad que había sufrido recientemente y que no le había matado por muy poco. Aun así, organizaba el acercamiento de bastianos afines a los terrícolas a la torre de Madrid y también el posterior ataque contra las fuerzas de seguridad. A la misma hora y en diferentes ciudades, otros líderes coordinaban el mismo plan. La dificultad no era el acercarse a ellas, sino defenderse de las tropas invasoras.

Todo había sido orquestado por Nacho, al leer en las noticias en la red oculta lo que Emilio había descubierto y pensaba realizar; la destrucción de la gran torre situada en el norte de África. No le costó convencer al resto de Sanadores de todo el mundo de que este era el momento ideal para comenzar la definitiva revolución, aunque todo dependía de que se consiguiera el objetivo principal. Si el exjugador de fútbol no lo lograba, los invasores les aplastarían en apenas unas horas, al igual que a los bastianos traidores al régimen y, de paso aniquilarían la red de Sanadores propagada por todo el planeta.

Foto de Nick Nice

Un mensaje grabado en audio por Nacho fue traducido a multitud de idiomas y retransmitido en directo a todo el mundo a través de la improvisada estación retransmisora que montó Jato en Melilla.

—Sé que os estoy pidiendo un gran esfuerzo, sé, incluso, que a muchos os estoy enviando a una probable muerte. Es muy duro lo que os estoy pidiendo, os estoy suplicando que luchéis contra seres humanos, contra gente de nuestra especie que, tal vez, solo eligieron la única opción que tenían. No podemos permanecer quietos y callados, porque estamos esclavizados por seres de otro planeta y debemos recuperar lo que es nuestro. En unas horas los extraterrestres sufrirán importantes bajas, morirán o quedarán debilitados, y será el momento de recuperar la autoridad de nuestros gobiernos. Por eso os pido que salgáis a luchar con todas las armas disponibles. Una vez perdimos, ahora sabemos su punto débil, tenemos la oportunidad de derrotarlos. Concentrad los ataques contra las fuerzas de la ley formadas por humanos que les apoyan, aunque sean nuestros congéneres. Siempre tendrán la oportunidad de rendirse y ser perdonados por todos nosotros, pero necesitamos recuperar el control de nuestro planeta. No me olvido de toda esa gente que vino engañada y no comparte la forma de actuar de sus iguales. A todos los visitantes que nos han ayudado no vamos a dejar que mueran, hay un plan para reunirles y protegerles hasta que todo este conflicto termine. Sanadores, de nosotros depende organizar los ataques a las defensas de las torres y los enfrentamientos contra los efectivos de seguridad. Ciudadanos del mundo, de vosotros depende que logremos la libertad.

Estaba completamente oscuro y un olor nauseabundo, casi irrespirable, inundaba el ambiente. Por si fuera poco, de no muy lejos, se escuchaba un extraño ruido que Sara no identificaba. La cazadora encendió la luz de su viejo smartphone y observó que estaba en una pequeña habitación sin salida. Las paredes y el suelo eran de metal y parecía encontrarse vacía. Cuando sus ojos se fueron acostumbrando a la poca luz vislumbró unas escaleras de mano apoyadas en una de las paredes. Inquieta por el ruido, comenzó a caminar hacia ellas, todavía se alarmó más cuando se iba a cercando. Iluminó el suelo y observó huesos rotos mezclados con piezas de metal oxidadas. Además de la escalofriante escena, se percató de que alguna cosa se movía con rapidez entre los restos. Aceleró el paso hacia las escaleras al notar que algo rozaba sus piernas.

—¿Qué es esto? —susurró para ella misma.

Volvió a iluminar el suelo y pudo ver como se acercaban varios roedores. No le hubiera preocupado mucho si fueran unos pocos ratones hambrientos, pero lo que observó eran ratas de gran tamaño, muy nerviosas y errantes. Pensó que debían llevar allí mucho tiempo y que el sonido de la torre unido a la falta de luz las habrían hecho enloquecer. Sara comprendió el peligro en el que se había metido y corrió hacia la posible salida.

Los chillidos de los múridos restallaban a su lado y eran ensordecedores. Una legión de ratas, de manera alocada y sin control, iba persiguiéndola. Unas se chocaban con otras, algunas se mordisqueaban entre ellas, pero otras intentaban morder las piernas de la veloz cazarrecompensas. En medio de la carrera, cayó al suelo logrando levantarse antes de que alguno de los roedores la mordiese. Los más rápidos se tropezaban con ella sin llegar a abrir sus fauces. Seguidamente, otros llegaban preparándose para morder a su presa. La cazadora los apartaba como podía sin dejar de correr hacia la escalerilla que había divisado.

Tras un intenso recorrido consiguió llegar a la posible escapatoria y comenzó a ascender, todavía tuvo que deshacerse de alguna rata más pateándola desde arriba, al fin logró subir sin ser penetrada por los dientes de los peludos animalejos. No comprendía cómo podían haber sobrevivido en tal lugar, ¿qué comerían?, pero tampoco le preocupaba, siempre su inquietud era encontrar una salida en la parte superior de la escala.

Con gran esfuerzo, pudo abrir la trampilla y accedió a una amplia estancia con un gran cristal en un lateral, le recordó a una sala de reconocimiento de cualquier película policiaca del antiguo Hollywood, aunque bastante más grande. En la pared opuesta al ventanal había un trabajador de mediana edad accionando unos interruptores en un panel de control. Él la observó perplejo.

—¿kayf yaeqal dhalika? ¿min ‘anti? —pronunció el hombre.

Ella no entendía el idioma, que identificó como árabe. Pero estaba segura de que le estaba preguntando cómo había llegado ahí. Aunque el hombre no parecía una amenaza, agarró su arma pensando en que pudiese dar la voz de alarma.

—No conozco tu idioma… no te haré daño… —intentó explicar, acompañando sus palabras con gestos de tranquilidad.

—Yo hablar poco español, ¿quién ser tú?

—Me llamo Sara, he salido de una trampa mortal y necesito llegar al núcleo de la torre. Repito que no te haré daño, pero no debes alertar a nadie.

El hombre se quedó mirando la trampilla por donde había escalado la cazadora.

—“Imposibol” subir desde allí…

—Bueno, imposible no, pero te aseguro que no ha sido fácil…

El operario dio un paso al frente y ella, que seguía con la pistola en la mano, le apuntó instintivamente.

—No te muevas… solo necesito que me indiques cómo llegar al núcleo de la torre  —repitió Sara.

Él se detuvo y levantó las manos.

—Eso ser “imposiblo” si queriendo seguir con vida tú… ascensor que subir estar con guardias.

—¿No hay otra forma de llegar?

—Mujer poder dejar de apuntar, yo ver noticias y estoy con tu labor… yo ayuda a ti a llegar núcleo…

Ella bajó el arma e intentó cambiar de tema para suavizar la tensión y normalizar la situación.

—Hablas bien mi idioma.

—Gente de país mío y cercanos sufrió por aliens, casi todos guardias vienen del país tuyo. Yo aprender forzado.

—¿Y tú qué haces aquí?

—Yo encargado de gestionar comida de criatura.

—¿Qué criatura?

—La que dar vida a la gran torre, ella crea sonido que vosotros querer apagar.

Sara se quedó pensativa, el trabajador se le acercó lentamente y señaló el gran cristal. Entonces la cazadora se dirigió hacia allí y miró a través del ventanal. Pudo observar, un par de pisos más abajo, a un gran grupo de gente desnuda que parecía desnutrida y enferma. Uno de los hombres, elegido al azar, entraba por una pequeña compuerta obligado por un soldado de la torre.

—El secreto mayor de aliens es crear campos de concentración para gente que vivía en norte de todo el continente. Ellos arrasando y despoblando países para hacer presos con muchas cantidades de personas…

—¿Pero por qué?…

—Ellos usan… como comida. Los que no morir en apresamiento, gente que aguantar malas condiciones de vida, a esos ellos traer a torre.

—¿Comida? —preguntó atónita Sara.

—Sí, llevar años dar comida a gran criatura que produce sonido que permitir vivir —explicó el hombre.

—¿Una criatura viva engendra el sonido de la torre y se alimenta de seres humanos?

Él asintió.

—Yo no ser científico, pero explicar como a mí contaron… nosotros necesitar oxígeno y crearlo las plantas, ellos necesitar ruido y crearlo de manera natural animales. Su planeta tener muchos iguales. Pero aliens “imposiblo” traer gran cantidad de ellos para tener mismas condiciones de vida en este planeta. Por eso encontrar forma de crear sonido de una criatura sola a todas partes.

—¿Y tú cómo sabes esto?

—Yo trabajar aquí desde fin de la Guerra de todas las Guerras… yo ver cómo funcionar sistema torre en todo tiempo. Ahora yo encargar control de personas para alimento.

—Y sabiendo todo eso… ¿por qué no has hecho algo para terminar con esta masacre?

—Tener chip dentro mí…

El hombre le pidió su smartphone a Sara señalando el bolsillo donde lo guardaba. Ella accedió a dárselo y al instante entró en la aplicación de versión de textos. Después escribió varias frases antes de pulsar el botón de traducción. El viejo móvil comenzó a difundir el discurso en el lenguaje de Sara.

—Cualquier alteración en el sonido que emite la criatura, por pequeña que sea, me produce dolor… es decir, si en algún momento intento sabotear el sistema, la tortura que sufro es enorme y enseguida viene aquí un sustituto que seguiría haciendo mi trabajo. Estoy obligado a cuidar día y noche de ese brutal sapo. Vivo aquí solo, no tengo contacto con nadie y solamente salgo de esta habitación para comer y descansar y, cuando eso sucede, estoy vigilado por guardias que ni siquiera saben a qué me dedico.

—¿Sapo? ¿La criatura que come personas es un sapo?

De nuevo el operario volvió a escribir en el Smartphone.

—Colosal, una especie de sapo enorme, grande como un edificio de cinco pisos.

Sara no supo qué comentario hacer, pero pensó que definitivamente era cierto que existiera un monstruo dentro de la torre. Él volvió a escribir.

—La única salida posible es esa por dónde has llegado tú. Más de una vez he estado tentado de dejar que esas ratas asesinas me comiesen, pero no he tenido valor.

—Comprendo… ¿y cómo podría llegar hasta ese ser?

De nuevo tecleó para dejar que el teléfono inteligente hablara por él.

—Hay otro pasillo ahí abajo que conduce hasta al centro de verificación del núcleo, algo parecido a un balcón en la parte superior del gran salón. En el camino habrá algún sistema de seguridad y lo normal es que no pudieses llegar a él, pero si has logrado venir hasta aquí, tal vez lo consigas.

—¿Cómo llego a ese pasillo?

—Encontrar escotilla acceso al pasillo de ascensor secundario —dijo sin necesidad de teclear— estar cerca de lugar que tú caer a sala de ratas.

—Sí, donde me separé de Emilio… él tiene los explosivos, entonces tal vez haya llegado hasta esa criatura.

—Espero que vosotros hacer lo que yo no ser capaz en todo mi tiempo.

El hombre le devolvió el móvil a Sara, que se había quedado pensativa.

—Pero si lo logramos… tu chip…

—Sí, yo morir sufriendo… pero puede que yo merecer…

—¿No hay manera de sacarlo o desactivarlo?

—No que yo saber… pero no preocupar… tú ayudar amigo tuyo. Aunque cuando tú salir tú encontrar guardias antes que llegar a escotilla.

—Intentaré esquivarlos.

El hombre abrió la puerta del aposento con su huella digital y le indicó la dirección a Sara.

—Escotilla no lejos, encontrar en el techo.

—Ven conmigo, ¿por qué no has intentado huir por ahí?

—No poder abandonar mi puesto si no es compañía de guardias, o poner funcionamiento chip si yo hacer eso, además sonar alarma general.

—Gracias por tu ayuda.

—Esperar vosotros suerte…

Foto de Javier Esteban

Ella quedó pensativa un momento y antes de irse puso algo en las manos del técnico. Lo hizo sin separar su mirada de la de aquel hombre que le había prestado ayuda. Inmediatamente después, sin esperar su reacción corrió por el pasillo en busca del posible camino hacia Emilio. El operario se quedó mirando la pistola que ella le había dado, sabiendo que lo había hecho para que no tuviera que sufrir en cuanto llegara el momento indicado.

Emilio había recorrido el largo pasillo bastante despacio por miedo a encontrar más trampas en él. Sin embargo, llegó sin contratiempos hasta un ascensor donde observó una pantalla táctil con tres iconos dibujados; uno representaba un símbolo de prohibido, un segundo, tubos de ensayo y el último un corazón. Dedujo que el primero era donde se encontraba y el tercero su objetivo, aunque estaba bloqueado el acceso, por lo que no tuvo más remedio que tocar la única opción que le quedaba. Subió durante varios minutos lentamente hasta que el montacargas se paró. La puerta se abrió y encontró, tal como había podido intuir, un laboratorio perfectamente equipado. Un científico vestido con una bata blanca se le quedó mirando extrañado.

—Ese ascensor lleva sin usarse años… ¿Qué haces aquí? —preguntó el doctor Stavros.

—Necesito llegar al núcleo, pero está bloqueado el acceso…

—Te hace falta un pase especial o mis huellas digitales, deberías saberlo… ¿Quién demonios eres?

Emilio dudó un momento si decir la verdad o no, y entonces se dio cuenta de que Fernando fijaba la vista en la caja explosiva que portaba en su mano. El doctor dejó lo que estaba haciendo para acercarse lentamente a la puerta de salida.

—No avances más —gritó Emilio mientras le apuntaba con su pistola.

El científico se detuvo.

—Tengo que llegar al vestíbulo principal, ¿tienes un pase para subir?

—Sí, pero no te lo daré… eso que llevas ahí son explosivos, eres un terrorista.

—¿Estás del lado de los invasores?

—¿Podría ser de otro modo?, nos han traído tecnología innovadora, conocimientos inéditos, han desterrado malos hábitos. Antes se fumaban productos dañinos creados expresamente para matarte, se usaban combustibles fósiles, se comían animales, nos estábamos cargando el planeta.

—¿Y los esclavos y los oprimidos?

—¿Es que antes todos vivíamos en paz?, ¿verdad? Tal vez haya que hacer una limpieza y que el mundo solo sea de unos cuantos que sepan apreciar lo que tienen.

—Estás loco… o desconoces cómo vive la mayoría de la gente en este nuevo mundo.

—Loco estás tú si crees que saldrás con vida de aquí.

—No veo que tengas muchas opciones de ganar. ¿Qué haces aquí? —preguntó Emilio mientras se acercaba a él sin dejar de apuntarle.

—Trabajo para mejorar a estos seres, si estás aquí supongo que conoces el secreto de las torres.

—El sonido…

—Sí, necesitan ese ruido ambiental… mi labor aquí es lograr que no lo echen en falta… y lo he conseguido…

—¿Cómo?

—He usado una novedosa técnica para ello y dentro de poco se podrá tratar a todos los bastianos para que ni ellos, ni sus hijos necesiten las torres. Los ensayos han sido un éxito, aunque me mates, alguien continuará mi plan. Todas mis notas están informatizadas y explicadas con gran detalle.

—No quiero matarte, solo quiero entrar en el núcleo.

—Hay dos caminos para llegar a donde quieres, por esta puerta —comentó señalando la salida del laboratorio— donde te esperan decenas de guardias delante de la entrada a tu objetivo… o usando ese ascensor del que vienes que te llevará a un mirador para observar el salón central desde arriba. Pero para llegar tendrás que matarme porque no pienso facilitarte ningún pase.

—No quiero hacerlo.

—No sabes que hay en lo que llamas sala del núcleo, ¿verdad? Supongo que piensas que volando un punto débil toda la torre caerá…

Emilio se quedó pensativo, no tenía ni idea de a qué se refería su interlocutor. Aprovechando el momento de duda, el científico corrió hacia la puerta, pero antes de alcanzarla Emilio efectuó un disparo, hiriéndole en una pierna y haciéndole caer. Desde el suelo, el doctor sacó un pequeño aparato y presionó un botón.

—¿Qué has hecho? ¿Has activado alguna alarma?

—No tengo alarmas… he llamado a mi hijo…

Emilio escuchó cómo se abría una compuerta, se giró para ver de dónde venía el chirrido y entonces observó como un gigantesco bastiano, voluminoso, deforme y lleno de calvas por todo el cuerpo caminaba torpemente acercándose hacia él. Dejó el explosivo sobre una mesa y apuntó al amenazante ser.

—¡Eric, acaba con él! —exclamó Fernando.

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