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Capítulo 18: Cuando el Silencio Grita

Foto de Leonardo Yip

Sara localizó en el techo la trampilla de salida, pero justo debajo de ella se encontraba un guardia. Lo veía desde la esquina del pasillo y se fijó en que estaba armado, pero no tenía compañero. Si le sorprendía, podría dejarlo fuera de combate rápidamente y, además, hacerse con su arma. Esperó a que se girara para abalanzarse hacia él. Cuando el vigilante fue consciente de lo que ocurría, ya había recibido una gran patada sobre su espalda y antes de poder levantarse había perdido el arma que ya portaba la cazadora. El hombre no llegó a suplicar su perdón de viva voz, pero su cara lo expresaba claramente.

—No quiero hacerte daño, suelta el comunicador y deja que te inmovilice…

Él la empujó y, en vez de soltar el transmisor, presionó un botón en él.

—¡Terroristas! —gritó por el intercomunicador.

Ella dudó un instante y, aunque nadie contestó al otro lado, observó que una luz roja se encendía. Sara apretó el gatillo hiriéndole en un hombro y después le quitó la radio para destruirla. Rápidamente abrió la escotilla y se introdujo en el estrecho pasillo. Meditó la situación mientras reptaba por el conducto, estaba claro que ya sabían que estaban atacando la torre, pero tal vez le diera tiempo a cumplir su objetivo si se daba prisa. Unos metros más adelante localizó una abertura y al traspasarla se encontraba en el pasillo del ascensor donde se separó de Emilio. Se montó en el elevador y tocó el icono del núcleo, sin embargo, se le denegó el acceso. Después lo intentó con el que representaba un laboratorio y sonrió al ver que se ponía en marcha.

El robusto bastiano recibió dos disparos que no le hicieron retroceder. El gigante apenas los sintió y alcanzó la posición en que estaba su agresor, al que golpeó fuertemente con su brazo. Emilio perdió la pistola y rodó por el suelo sin comprender muy bien qué estaba pasando. Oía las risas del doctor que seguía tumbado sangrando por su pierna. El fornido guerrero levantó por los aires a su oponente para lanzarlo contra una pared.

—¡Mátalo Eric! No tengas piedad, quiere destruirnos.

Emilio, aturdido por el golpe, consiguió levantarse antes del siguiente ataque gracias a que Eric se movía lentamente y con dificultad. Una vez en pie, notó que la torpeza de movimientos del extraño ser era debido a su falta de visión, por lo que, en vez de enfrentarse a él, decidió recoger la pistola que estaba a pocos metros del lugar.

—No siente dolor y su piel es tan dura que no podrás causarle daño —aseguró Stavros.

—No quiero dañarlo… dijo Emilio disparando a las luces del techo.

La habitación quedó casi a oscuras, suficiente para que la criatura no viese absolutamente nada. Emilio se acercó al doctor.

—¿Cómo puedo encerrarle otra vez en su jaula? —le preguntó sujetándole del cuello, sin apenas dejarle respirar.

—Haa… ahííí… las esferas en la mesa… son gases tranquilizantes… —contestó a duras penas Fernando.

Emilio fijó su vista en una caja que contenía varias bolas metálicas, cogió dos y las lanzó hacia la criatura que caminaba errante en la semioscuridad del laboratorio. Las esferas se abrieron al impactar en el cuerpo del gigante, que los pocos segundos cayó al suelo sin sentido.

—¿Qué demonios es eso?

—He tenido muchos problemas en estos años de estudio, he tenido que perfeccionar un sencillo método para estar a salvo por si había problemas.

—¿Y ese gas no nos afectará a nosotros?

—No a esta distancia.

—Está bien saberlo… Ahora dame el pase…

—¡Jamás!

En ese momento Sara, que salía velozmente del ascensor, entró en el laboratorio.

—¡Emilio!

—¡Sara!, ¡estás viva!

—Sí, de milagro… no sabes lo que he descubierto… el núcleo… Me he encontrado con un trabajador que me ha contado todo…

Sara llegó junto a su amigo, vio los explosivos sobre la mesa y en el suelo a la criatura dormida y al doctor tumbado.

—¿Quién es tu amigo?

—Un capullo que ayuda a los invasores, pero estaba a punto de darme el pase para llegar al núcleo.

—No lo haré —dijo de nuevo el doctor Stavros.

—Has dicho que tu dedo también servía, ¿verdad?, tendré que cortártelo… —dijo Emilio muy serio.

—Supongo que también podemos llevárnoslo, ¿no? —apuntó Sara muy tranquila.

Emilio la miró de reojo antes de contestar.

—Claro, solo estaba bromeando… coge mi pistola y no dejes de apuntarle —ordenó mientras él recuperaba la caja explosiva.

—Dejad que tome algo para el dolor… —suplicó el científico.

Sara permitió que cogiera una inyección de un maletín que se inoculó apresuradamente. Al mismo tiempo, sin ser visto, cogió una pequeña bola de metal de la caja anterior y la escondió en su puño.

—¿Y esa mole del suelo? —preguntó ella extrañada.

—Ahora te contaré… vamos arriba… —respondió Emilio.

Apenas un minuto después entraron en el ascensor y el científico, que cojeaba y seguía sangrando, fue obligado a colocar su dedo en el botón correspondiente. Justo cuando lo hacía pudo ver como su retoño comenzaba a moverse.

Durante los minutos que duró el trayecto, Sara le relató a su compañero lo que había descubierto. Emilio escuchó atónito e incrédulo las revelaciones de su amiga antes de contarle brevemente su pelea con la criatura. Ella tampoco terminaba de creerse su historia, la de los dos Stavros, doctor y monstruo.

La puerta del ascensor se abrió y salieron a un balcón desde el que se veía una amplia sala circular. En el centro de la misma un gran contenedor de cristal ocupaba casi todo el espacio, parecía una enorme pecera rectangular que medía unos diez metros de alto y su parte superior quedaba prácticamente a la altura en la que se encontraban ellos. Estaba completamente cerrada exceptuando una pequeña puerta en la parte inferior por donde entraban los pobres desgraciados que servían de alimento al monstruo.

Emilio quedó perplejo cuando se asomó por la barandilla y presenció el escalofriante contenido de la urna de vidrio, donde estaba la descomunal criatura que parecía un gigantesco sapo peludo. Tenía los ojos cerrados, pero no dejaba de masticar lentamente. Incrédulo y algo atemorizado, pensó si de verdad ese monstruo era el núcleo y por tanto el objetivo a destruir.

Sara mantenía la vigilancia del doctor apuntándole con la pistola de su compañero, quien pulsó un botón iluminado en verde en la pared y, al instante, se deslizó una estrecha pasarela de metal que llegaba hasta la parte superior de la urna. Sin pensárselo dos veces, cruzó desde el balcón hasta su objetivo, recorriendo más de veinte metros. El plan estaba claro, activar la detonación con el plazo suficiente para poder escapar a tiempo.

Sin embargo, durante el trayecto, el doctor aprovechó un descuido de Sara para abrir el puño y soltar la esfera de metal a sus pies. Al impactar contra el suelo brotó un gas invisible, pero con un fuerte olor.

—¿A qué huele? —consiguió decir Sara antes de tambalearse y desvanecerse mareada.

Emilio estaba sobre la gran pecera y, tocando la pantalla varias veces, inició el sistema del artefacto explosivo, se disponía a fijar el tiempo para comenzar la programación de la detonación, pero en ese momento, oyó gritar a su amiga. Al alzar la vista, vio como ella se encontraba en el suelo y quien tenía la pistola era Stavros.

—¡Sara!

—Solo está aturdida, pero tú morirás si tocas ese trasto, ven aquí o la mataré —aseguró el doctor mientras la apuntaba a la cabeza.

Emilio dudó si tocar la pantalla o no, al no haber programado el tiempo de detonación, bastaba con volver a palparla para que los explosivos estallaran. Lo pensó seriamente, todos allí morirían, pero salvaría al resto del mundo, toda la humanidad dependía de su decisión. Estuvo tentado de hacerlo, pero recordó cuando murió su mujer, si ahora podía hacer algo para salvar a Sara y después terminar su misión, tenía que intentarlo. Decidió volver a cruzar la pasarela.

Una vez de vuelta al balcón se comenzaron a oír voces abajo, varios guardias entraban en el núcleo por la puerta principal. El estrecho puente metálico se escondió automáticamente sin rozar ningún interruptor. El botón que lo activó ahora estaba en rojo indicando que había quedado inutilizado.

—Están allí arriba —gritó uno de ellos mirando hacia el techo desde la parte inferior de la sala.

Se produjeron unos disparos desde abajo y Emilio, rápidamente, se apartó de la barandilla acercándose al ascensor para quedar a salvo.

—Bien, ahora bajaremos para que los guardias os lleven a las autoridades —comunicó ingenuamente Fernando.

—Sabes que nos matarán —le aclaró Emilio.

—No está… —intentaba hablar Sara.

—Solo si sois merecedores de tal castigo.

Sara estaba recuperando sus facultades, aunque todavía apenas podía levantarse del suelo.

—Emilio… no tiene balas… —pudo, por fin, decir Sara.

El doctor asustado miró la pistola y apretó el gatillo justo antes de que Emilio le atacara y cayera al suelo golpeándose la cabeza. Efectivamente, no había balas en la recámara ya que se habían gastado al disparar a las luces del laboratorio apenas hacía unos minutos.

Con el científico en el suelo sin sentido, Emilio ayudó a Sara a levantarse.

—Me di cuenta en el laboratorio, pero supuse que él no lo sabría así que seguí apuntándole —comentaba Sara ya con el habla recuperada.

—¿Qué te ha pasado?

—Ha usado un gas… debe haberse protegido con la inyección que nos dijo que era para el dolor.

—Esas bolitas metálicas… Bien, estamos vivos… ¿y qué hacemos ahora?

—¿No has programado la bomba?

—No, está activada, pero hay que tocar la pantalla para detonarla y la pasarela ha quedado inutilizada, deben haberla desactivado desde abajo.

Los guardias comenzaron a subir por dos escalerillas hacia el balcón, había bastante altura y Emilio pensó que tardarían un par de minutos, pero enseguida se encontrarían indefensos a su merced.

—Todavía podemos huir, tal vez consigamos cruzar las salas de antes y salir con vida —pensó Sara en voz alta.

—Nos estarán esperando fuera, pondrán más seguridad, será imposible volver a intentarlo… es ahora o nunca…

Foto de Greg Rakozy

Los hombres de seguridad subían lentamente hacia ellos, mientras otros apuntaban con sus armas al balcón esperando que sus presas se asomaran lo más mínimo para disparar.

—La única oportunidad que tenemos de acabar con la tiranía es estallar ese explosivo —aseguró Emilio.

—¿Y cómo piensas hacerlo?

—¿Tú crees que el talento no se pierde con la edad?

—¿Cómo?

—Quítate la chaqueta.

—¿Te has vuelto loco?

—Confía en mí.

—Pensé que al menos me invitarías a cenar antes de pedirme esto… —dijo ella sarcásticamente mientras se desprendía de la prenda, quedándose con una camiseta corta de color negro sin mangas y ceñida.

—Tu cazadora es más gruesa que mi camiseta, necesito algo de peso —comentó Emilio mientras formaba con el terno una especie de bola.

—¿Vas a explicarme qué vas a hacer?

Emilio terminó de anudar las mangas habiendo improvisado una rudimentaria pelota. Después la lanzó al aire y comenzó a dar toques con sus pies como si fuera un balón de fútbol.

—Es más ligero de lo que debería y la forma irregular puede jugarme una mala pasada…

—¿No irás a patear eso hacia la bomba?

—Solo tengo que tocar el centro de la pantalla… El talento no se pierde…

—¿Crees que podrás?

—El talento no se pierde…

—¡Deja de decir eso y hazlo ya!

Emilio cogió el “balón” y lo soltó al aire para poder efectuar una volea. Hizo el movimiento con gran amplitud cuando los primeros guardias estaban a punto de llegar hasta ellos. Impactó con su empeine en la pelota de tela sintética negra, de tal manera, que esta salió volando en dirección a la urna de cristal formando una marcada parábola. Desde abajo observaron extrañados el artilugio volador, incluso llegaron a dispararlo aunque sin llegar a hacer blanco. Sara miraba impactante el trayecto del esférico que recorrió una gran distancia hasta acercarse a su objetivo.

—Joder con el talento… ¡A cubierto!… —gritó Sara a Emilio.

Los dos se metieron en el ascensor segundos antes de que la bola impactara en la pantalla LCD y activara el mecanismo de explosión.

La detonación fue enorme, la urna reventó en mil pedazos. Cientos de cristales llovieron sobre los agentes de seguridad. Los escaladores caían al vacío desde las escaleras, algunos ardiendo, otros desmembrados. La criatura tenía el cráneo abierto, un líquido viscoso y verde brotaba de su cabeza. Gritaba desgarradoramente y, aunque parecía seguir con vida, también se suponía que no lo haría por mucho tiempo.

Los trabajadores de la torre veían como los indicadores se movían tanto que era imposible recalibrar las señales. Habían notado la explosión y se imaginaban lo ocurrido, pero ninguno se atrevía a abandonar su puesto de trabajo.

El encargado de gestionar la comida de la criatura yacía en el suelo muerto de un disparo en la cabeza, efectuado por él mismo. Encontró las fuerzas para hacerlo en cuanto escuchó la detonación, antes incluso de comenzar a sentir el intenso dolor provocado por el chip de seguridad implantado bajo su piel.

La criatura por fin dejó de chillar y se desplomó sin vida cayendo sobre los vigilantes que llenaban la sala.

Emilio y Sara seguían agachados dentro del ascensor, donde se habían protegido de la gran explosión. El doctor Stavros, en cambio, había sufrido peor suerte y yacía sin vida cerca de ellos sin la protección del montacargas metálico.

—Salgamos de aquí —propuso Emilio mientras se levantaba y ayudaba a Sara a hacerlo.

—¿No tendremos que pasar de nuevo esas salas infernales?

—No, la salida está por el laboratorio —contestó él tocando el icono de dicha planta.

Mientras descendían lentamente, los dos permanecían pensativos, recuperando el aliento y asimilando lo ocurrido, hasta que Emilio apartó el pelo de la cara de Sara, acariciando su mejilla.

—Todo ha terminado, ¿verdad? —preguntó él.

—La torre sigue en pie y pueden quedar guardias que nos persigan, pero ahora la gente sí nos ayudará, y no hay bastianos que puedan atacarnos…  Ganaremos esta guerra… lo hemos conseguido… —contestó ella.

Se abrazaron emocionados y permanecieron así unos segundos. Al separar sus cuerpos se miraron fijamente, acercaron sus caras lentamente y, entonces, el ascensor llegó a su destino. La puerta se abrió y Eric Stavros, la máquina de matar creada por el doctor Fernando, estaba esperándoles muy enfadado.

—¡¿Qué demonios?! —exclamó la cazadora.

Se separaron bruscamente y Emilio salió instintivamente del ascensor en primer lugar queriendo proteger a Sara.

—El experimento del doctor…

—¿Y no necesita el sonido para vivir?

—Exacto.

Eric se abalanzó hacia ellos, paró el puñetazo que Emilio intentó darle y le agarró del cuerpo levantándolo completamente para lanzarlo hacia el centro de la sala. Después miró a Sara que seguía dentro del ascensor y se acercó a ella. En esta ocasión sí recibió una patada en su cuerpo, pero apenas la notó, agarró del cuello a la cazadora y comenzó a estrangularla levantándola del suelo.

—Papá… —balbuceaba la criatura.

Ella intentaba zafarse, pero le resultaba imposible lograrlo, golpeaba con los pies, cada vez con menos fuerza, pero nada alteraba a la bestia.

Emilio se levantó aturdido y magullado.

—Sara…

Ella comenzó a cerrar los ojos y a dejar de pelear. Su compañero corrió hacia el monstruo, comenzó a golpearlo por la espalda todo lo fuerte que pudo, pero este ni se inmutó. Entonces vio un brillo asomar por la bota de Sara, cogió el cuchillo del Anticuario y lo clavó en el estómago del inmutable ser haciendo un gran esfuerzo. En ese momento, sí soltó a su presa que cayó al suelo habiendo perdido el sentido. Después golpeó con su brazo a Emilio tumbándolo de nuevo. Se acercaba lentamente a él, sangrando abundantemente por su estómago.

—Mi… papá… —volvió a repetir la bestia antes de detenerse. Se llevó la mano al estómago e hincó las rodillas en el suelo.

De repente la puerta del laboratorio se abrió y entraron cinco guardias armados que se colocaron detrás de la criatura apuntando a Emilio.

—¿Y el doctor? —preguntó uno de ellos.

—Está muerto… —contestó Emilio.

Sara comenzó a levantarse recuperándose lentamente del estrangulamiento sufrido.

—Emilio… —pudo pronunciar mientras observaba a los guardias apuntándoles.

—Sara… —dijo él.

Se miraron temerosos de que lo que no había conseguido el feroz Eric lo terminaran los guardianes.

—Papá muetooo… —dijo entre lágrimas Eric mientras se volvía a levantar haciendo un gran esfuerzo.

Eric Stavros, en vez de seguir acechando a Emilio, se giró hacia los guardias, quienes, en cuanto vieron que se acercaba a ellos, dispararon sus pistolas en el modo eléctrico contra él. Stavros se derrumbó en el suelo electrocutado.

A continuación, el hombre que parecía liderar el grupo bajó su arma acercándose a Sara.

—Vamos, os escoltaremos hasta la salida por si siguen habiendo guardias leales al régimen caído —dijo el jefe ayudando a levantarla. Emilio se levantó con una amplia sonrisa en su cara.

Los dos libertadores de la humanidad salieron de la fortificación donde fueron recibidos por los trabajadores de la zona como auténticos héroes. Lo primero que hicieron es buscar a Sidi y al pequeño Felipe entre la multitud que se había congregado alrededor de la gran torre, edificación que seguía en pie, pero que ya no emitía ningún tipo de señal. Por fin, consiguieron encontrarlos, notando algo muy extraño, el joven birmano corría hacia ellos.

—Emilio, Sara…  no vais a creerlo… —intentaba explicarse Sidi.

—¿Qué ocurre? —preguntó la excazadora.

—Es Felipe…

—Hola… —dijo tímido el chico, mirándolos a los ojos.

—Hola pequeño… te noto… estás diferente… —aseguró Emilio.

—Cuando ha desaparecido ese sonido, ahora me siento libre, puedo pensar con claridad… había como una barrera que no me dejaba hablar… —explicó el niño híbrido.

—La torre era la razón de la alta mortalidad de estos niños… y también del autismo de los que sobrevivían —dedujo Sara.

—Tengo recuerdos confusos, pero sé que mis padres han muerto.

—Nosotros cuidaremos de ti —dijo Emilio.

—¿Juntos? —preguntó Sara.

—Supongo que primero debo invitarte a cenar.

—Estaría bien.

Felipe llamó la atención de Sidi tocando su pierna.

—¿Se van a besar? —preguntó en voz baja, pero no lo suficiente para que no lo oyeran todos a su alrededor.

—Yo creo que sí, pequeño —afirmó Sidi.

Emilio se giró hacia Sara y la miró a los ojos antes de juntar sus labios a los suyos.

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