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Capítulo 3 (Parte 1): ¿A qué clase perteneces?

Foto de James Garman

Una vez terminada la Guerra de todas las Guerras, el control mundial lo tenían los invasores, además, habían conseguido destruir la forma de vida anterior, no solo en la manera de vivir, sino en cómo se entendía la propia existencia humana. Ya no existían principios, ni valores, ni unidad familiar, ni decencia, ni compromiso, ni respeto, ni justicia. Todo lo que se hacía estaba dictaminado a través de las clases. Es lo primero que definieron cuando empezaron a sacar a los humanos de las prisiones. A este método de clasificación social se le llamó Sistema SAD. Si alguien estaba fuera de dicho sistema era perseguido y eliminado.

Todos los animales tenían que estar fuera de él, no había ningún derecho para ellos. Es curioso que muchos de los que apoyaron a los invasores en un primer momento fueran los integrantes del movimiento de liberación animal o animalistas.

Con el Sistema SAD quedó claro, sobre todo para los que habían sido escépticos con las buenas intenciones de los extraterrestres, que si no habían exterminado a nuestra especie era porque nos necesitaban como mano de obra. Por supuesto, no existía ningún tipo de asociación ni de culto. Quien decía pertenecer a alguna religión o grupo de cualquier tipo era eliminado. Ya no había doctrinas ni credos válidos más allá de lo propugnado por los invasores.

Los Sanadores (nombre escrito y pronunciado en español que se había adoptado en todo el mundo para denominar a la Resistencia) tenían muy claras las repercusiones de la implementación de dicho sistema de clasificación; en cuanto viniesen más bastianos desde su planeta, estos irían exterminando a la humanidad, aunque todavía había mucha gente que seguía apoyándoles, diciendo que todo eso era una invención de judíos, “pijos” y fascistas.

Antes de entrar en el sistema, las posesiones particulares de toda persona fueron expropiadas, fuese cual fuese su patrimonio, ubicación, raza, posición o empleo. En un primer momento, dejó de repente de haber ricos y pobres, esto fue muy aplaudido por gran parte de la sociedad, aunque muy criticado por otros. Después dividieron a la población en tres categorías independientemente de su empleo o posición social anterior a la guerra. Pertenecer a una u otra tenía importantes diferencias, tanto de libertades como de adquisición económica, por lo tanto, volvieron las diferencias sociales, todavía más agravadas que antes, e impuestas sin ningún criterio lógico de méritos o esfuerzo. El único requisito para estar en uno u otro estrato, era el de la afinidad u oposición al régimen dictatorial alienígena.

Las tres clases para los humanos eran: Serviles, Adaptados y Dispersos. Había un cuarto grupo llamado Infantes, formado por todos los niños (menores de 14 años), tanto de los visitantes, como humanos, o mestizos.

 

Clase 1 – Sistema SAD : Serviles

Al primer grupo lo denominaron “Serviles”, los humanos los denominaban directamente esclavos (sobre todo los opositores al régimen alienígena, también conocidos como “la Resistencia” y posteriormente como “Sanadores”). Esta clase estaba compuesta por todos los humanos que se habían negado a aceptar a los invasores como gobernantes.

Alberto era un repartidor en un supermercado cuando llegaron los viajeros desde el planeta Bastet. En un primer momento apoyó la decisión de que pudiesen instalarse en nuestro mundo. Pensó que así mejoraría en general nuestra tecnología y medicina. Cambió de opinión cuando vio cómo se iban haciendo con el poder de muchos gobiernos aprovechando la gran pandemia del Covid-25. Tanto cambió que, en cuanto comenzó la guerra y las fuerzas militares se vieron mermadas por la tecnología y armas biológicas de los bastianos, enseguida se alistó para luchar a favor de la resistencia. Para entonces, el gobierno todavía tenía material para equipar a los nuevos, e improvisados, reclutas voluntarios. Ayudó en la defensa de Madrid, abatiendo a un batallón de oponentes que se dirigía al palacio de la Moncloa para acabar con el presidente. Sin embargo, días después, la bomba que cayó justo en la Puerta de Alcalá diseminando aquella bacteria por toda la capital acabó con la mayoría de las fuerzas de la resistencia.

Los bastianos se hicieron con la capital, controlaron las calles con drones y comenzaron a apresar a los beligerantes enemigos que habían sobrevivido en la contienda. Alberto fue uno de ellos.

A las pocas semanas comenzó la reestructuración de toda la sociedad y entonces Alberto fue convertido en Servil y llevado a una gran casa donde vivían ocho bastianos en comunidad. Había muchos serviles dentro de ella, así que al principio no fue algo tan malo. Cuidaba que no hubiese polvo, algún masaje de pies y aguantar bromas sobre la superioridad de la especie bastiana frente a la humana.

Unos meses después, la nueva sociedad estaba completamente constituida, ya habían desaparecido la mayoría de animales y los focos de resistencia habían sido aniquilados, los pocos que seguían en ella estaban escondidos e intentaban reorganizarse. Alberto había entablado amistad con otro servil, José Sanador, que trabajaba en la misma mansión que él. Estaba prohibida la relación (de cualquier tipo) entre serviles, pero la vigilancia no era continúa y podían hablar con tranquilidad en pequeños momentos durante el día. En aquellas circunstancias tampoco hacía falta mucho trato para hacerse amigo de alguien.

—José, ¿tienes contacto con algún grupo de la resistencia? —preguntó Alberto.

—Alguno, pero son pequeños grupos sin armas, más que resistencia son cuatro dementes sin organización. Algo tiene que abrir los ojos a todo el mundo y hacerles despertar. He estado pensando en una idea para aprovechar las líneas de teléfono antiguas que ahora no se usan, y así poder retransmitir imágenes y voz fuera de los canales habituales que usan estos cabrones —contestó José lleno de rabia.

—¿Líneas de teléfono?, si todo ha sido cortado, solo se usa el 5G ese nuevo que ahora le llaman UV, de Ultra Velocidad, y todo va sin cables…

—Por eso mismo, no se usan, pero prácticamente todos los edificios del país, y del mundo, los tienen instalados. Mientras los postes de teléfono sigan en su sitio y esos cables no se arranquen, se podrán usar para comunicaciones alternativas siempre que se configure algún tipo de decodificador o router o módem o como se llame lo que haga falta.

—Estaría bien tener una televisión propia. Lo mismo hasta podrían devolvernos la música, echo de menos escuchar a Bruce Springsteen o a los Rolling Stones…

—¿Qué me dices de Deep Purple?, todo lo que aprendí a tocar con la guitarra fueron las notas iniciales de “Smoke on the water” …pam, pam, paaaamm… —canturreó José, intentando imitar con la boca el sonido de guitarra del genial Ritchie Blackmore con su Fender Stratocaster en la mítica canción del grupo británico.

—¡Soberbio! —apuntó Alberto.

Dejaron de hablar al oír el sonido de una puerta al final del pasillo. Cada uno siguió con sus quehaceres, cuando uno de los amos bastianos (realmente no sabían si era uno cualquiera o el jefe de todos ellos) se dirigió a Alberto.

—Ve al dormitorio grande de la planta superior —dijo secamente el mandatario.

—Enseguida —contestó inocentemente Alberto, sin saber lo que le esperaba.

Los serviles trabajaban para lo que hiciera falta en las casas de los dominadores. Normalmente no se les maltrataba, más que nada para que les duraran mucho tiempo, pero no estaba prohibido por ninguna ley hacerlo. Eran propiedad de los amos sin restricciones. Hacían limpieza manual de las casas (aunque Savi absorbe el polvo, controla un artilugio que barre y perfuma el ambiente), desinfectando sin necesidad de robots, cuidando plantas o realizando compras personalizadas en vez de dejar que el administrador de provisiones se encargue de ello.

José se dirigió al patio para regar las plantas del enorme jardín construido, mientras Alberto subía las escaleras al siguiente piso. Al llegar a la habitación encontró a todos los integrantes de la gran vivienda desnudos, estaban unos mezclados con otros en una especie de orgía donde era difícil distinguir si había machos y hembras o si había algún tipo de orden o control. Alguno de ellos rio al verle entrar. Pudo ver diferentes frutas en las mesitas que había alrededor de la enorme cama y también entre los cuerpos de los extraterrestres.

Se le heló la sangre al observar junto a una de las paredes a varios niños de ambos sexos llorando desconsoladamente con heridas en sus cuerpos. No quiso imaginar lo que les podían haber hecho.

Detrás de él llegó el amo que le había mandado subir, ahora también sin ningún tipo de atuendo.

—Entra y déjate hacer lo que queramos —dijo ahora el repugnante ser velludo venido desde la otra punta del espacio exterior.

—Yo no… no quiero hacer…

—Tranquilo terrícola, no vamos a herirte e intentaremos no producirte dolor.

Las palabras del alienígena no tranquilizaron a Alberto que dudó unos segundos sin moverse, hasta ahora no sabía que en sus obligaciones estuviese la de participar en orgías para satisfacer los más bajos instintos de esta especie. Sabía que si no accedía sería ejecutado, o peor todavía, tal vez fuese asesinado después de haber sido forzado a practicar todo tipo de actos vejatorios.

Una cosa era sobrevivir limpiando el polvo y otra muy distinta sufrir un castigo así, perdiendo toda la dignidad humana, por el simple placer de estos seres sin escrúpulos. Alberto corrió hacia la esquina de la habitación para coger un cuchillo que había sido utilizado para cortar una sandía.

—No lo haré, dejadme ir —suplicó Alberto con el arma en la mano.

—No te irás —dijo uno de ellos antes de ponerse a reír.— Y ahora además, sentirás dolor y sangrarás.

Alberto apretó los dientes y se abalanzó hacia el más cercano de sus oponentes, clavándole el cuchillo en la garganta. El resto se levantó enseguida evitando un nuevo ataque del humano. Uno de ellos pudo golpearle y hacerle perder el afilado metal.

—Vas a desear estar muerto —amenazó uno de los bastianos.

Alberto fue retrocediendo hasta llegar a la esquina de la habitación. Sus rivales se dirigían hacia él y no tenía escapatoria, excepto por la amplia ventana que se encontraba abierta. Decidió saltar por ella y cayó dos plantas más abajo, donde perdió la vida al instante.

—¡Maldito humano! Traed a otro servil enseguida… —dijo uno de los enfadados seres peludos.

Foto de Sam Fry

Los serviles aprendieron enseguida que entre sus funciones estaba la de satisfacer las necesidades carnales de sus dueños si así se lo requerían. Teniendo en cuenta que vivían en comunidades de varios miembros y no en familias más o menos estructuradas, el esclavo podía ser objeto de deseo en un acto grupal con bastante frecuencia. A partir de este suceso, los bastianos comenzaron a desarrollar un chip con la intención de ser implantado bajo el cráneo de todos los serviles en el futuro, con él, podrían saber exactamente la ubicación de cada uno y ver sus constantes vitales. Además, podrían paralizar al humano, proporcionarle dolor o hacerle perder el conocimiento al instante.

José Sanador observó desde el jardín cómo Alberto caía acabando con su vida. “Pueden llamarlo como quieran, pero esto es esclavitud”, pensó José. “Y esta es la vida del esclavo, solo nos queda luchar, abrir los ojos a la gente y conseguir que todos nos levantemos contra la opresión”, siguió pensando mientras unas lágrimas salían de sus ojos.

Clase 2 – Sistema SAD : Adaptados

El segundo conjunto es el de los “Adaptados”, aunque los Sanadores (o la resistencia al poder establecido) les llamaban traidores o “coletas”. Este último nombre venía dado porque los veían como la cola de una cometa; siempre van detrás, y a pesar de volar muy alto, no son ellos los que dirigen su rumbo.

Está formado por la gente que aceptó la victoria de los colonos espaciales y no dan problemas al régimen, tanto si apoyaron la invasión desde un primer momento, como si lo han hecho tras su paso por la cárcel, como es el caso de Emilio Díaz.

Tienen acceso a un trabajo remunerado, a una vivienda con la última tecnología sin coste e incluso un “Allable” personal gratuito. La ocupación se les asigna aleatoriamente, así que lo mismo pueden ser granjeros, que técnicos de vehículos de transporte, reponedores de administradores de provisiones, instaladores de tecnología para la automatización de las viviendas que todavía no la incorporen, etc. Según la suerte que tengas no es mala opción para los perdedores de la guerra, aunque, si te toca algo para lo que no estás preparado y no rindes lo suficiente, puedes acabar como Servil.

Muchos de los pertenecientes a esta categoría forman en secreto parte de los Sanadores, aunque deben tener mucho cuidado, ya que si alguno es sorprendido haciendo algo en contra del gobierno o simplemente incumpliendo las normas de su clase (trabajar, recluirse en casa y poco más) pasa a ser de los Serviles, e incluso, puede ser ejecutado si el delito es considerado grave.

Emilio es un adaptado, hundido por la muerte de su familia y tras su encarcelamiento, dejó de tener esperanza y se conformó con seguir sobreviviendo. Ve las noticias “piratas” del canal de los Sanadores por ADSL, pero ni pertenece a ellos ni se ha planteado hacerlo. Lleva 10 años trabajando en la torre y nunca ha tenido ningún problema con las autoridades, básicamente porque sigue las reglas a rajatabla. No siempre lo hacía de buena gana, en más de una ocasión ha llegado a casa con ganas de tumbarse y no pensar en nada, después de un aburrido día de trabajo en la torre, y sin embargo, no ha podido hacerlo.

—Todo está preparado para comenzar el entrenamiento —le comunicó Savi a Emilio, según entraba por la puerta de su vivienda.

—Gracias Savi, crees que lo puedo retrasar para mañana, estoy cansado.

—Lo siento, se me ha exigido enviar confirmación de realización al centro de incidencias SAD.

De forma aleatoria, los sistemas Savi enviaban información diaria al gobierno. Si te tocaba ese día no había nada que pudieras decirle al ayudante virtual para que cambiara los planes.

Emilio observó la configuración del salón, estaba preparado para su momento de preparación física. No tenía ninguna gana de realizarlo, pero sabía que se arriesgaba a una visita gubernamental, a menos que demostrara que se encontraba enfermo.

—Savi, mide mis constantes vitales —pidió al asistente.

Se encontraba bien, pero probó suerte a ver si por casualidad el mayordomo virtual señalaba algún parámetro lo suficientemente irregular que le pudiera salvar del ejercicio físico. Unas luces comenzaron a encenderse y apagarse en diferentes puntos de las paredes del salón.

—Todas las constantes son correctas. No tienes fiebre, ni dolencias, no hay irregularidades importantes. Tus niveles de glucosa en sangre y de colesterol están adecuadamente.

No le quedó más remedio que pasar una hora machacando su cuerpo, terminando bastante agotado. Después fue a la ducha mientras Savi escondía los aparatos de gimnasia y desinfectaba el salón, antes de encender la pantalla con imágenes de naturaleza y colocar el sofá y la mesa en sus lugares correspondientes.

Al salir del aseo se tumbó en el sofá y se puso sus guantes de juego.

—Savi, enciende la consola.

Ya no existían las compañías de videojuegos importantes de principio de siglo, Nintendo, Microsoft y Sony habían desaparecido, sin embargo, había videojuegos de todo tipo realizados por bastianos. Lo cierto es que eran bastante malos en general, pero al menos servían para distraerse un rato.

—Pon alguno de plataformas…

Savi comenzó a pasar varias imágenes de muestra en la gran pantalla del salón.

—¿Parecido al descatalogado Super Mario Bros? —preguntó el mayordomo virtual.

Emilio no contestó, ya había cerrado los ojos y se había dormido. Savi le dejó en su estado y apagó el enorme monitor sin decir nada.

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4 comentarios en «Capítulo 3 (Parte 1): ¿A qué clase perteneces?»

  1. Por un momento, sólo fue un pensamiento de esperanza que esos extraterrestres eran buena onda. Bueno, de ser cierto ya sé de qué lado estaría yo. Efectivamente se está poniendo adictivo este libro.

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