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Capítulo 3 (Parte 2): Clase 3 – Sistema SAD: Dispersos

Clase 3 – Sistema SAD: Dispersos

Al tercer grupo se les llamó “Dispersos”, y estaban considerados los más libres. Ni eran esclavos ni tenían que seguir un estricto horario del trabajo que le asignaran. A ellos no se les facilitaba nada, ni un hogar, ni ocupación. Habitaban en los aledaños de las ciudades, en los lugares que no habían ocupado los extraterrestres. Se buscaban la vida como podían y solo recibían la visita de drones o patrullas gubernamentales si había algún problema o por alguna orden de persecución. Principalmente esta categoría estaba formada por gente a la que no pudieron apresar al terminar la guerra y personas heridas o con deficiencias no válidas para las tareas que exigían los gobernantes. Aunque también había algunos que, habiendo aceptado la autoridad del gobierno, no habían aceptado ser serviles, ni adaptados.

Vivían en la pobreza y muchos pasaban hambre, ya que tenían prohibido cazar, criar animales, pescar…  Sí podían plantar y cosechar, y también comerciar, siempre que consiguieran dinero, el cual lo adquirían principalmente como cazarrecompensas o delincuentes. Las principales víctimas de los primeros eran los serviles que intentaban recuperar su libertad, y de los segundos, los adaptados. El castigo por ir contra el poder era casi siempre la muerte ya que, aun siendo perdonados de la pena capital, todos la preferían y la exigían antes que ser esclavizados. No se solía negar tal petición por parte del gobierno autoritario.

Sara Castro fue una inteligente ejecutiva en una empresa de marketing y publicidad antes de la invasión extraterrestre. Durante la guerra perdió a su exmarido, lo cual no le importó demasiado, y a su nueva pareja, con la que esperaba tener hijos definitivamente. Este último hecho le hizo odiar a los visitantes con toda su alma.

Combatió como pudo contra los beligerantes alienígenas en cuanto intentaron tomar Madrid, y salvó su vida de milagro cuando estos se alzaron con la victoria. Pasó bastante tiempo recuperándose de sus heridas, ya que la tecnología extraterrestre la usaban primero con los afines o los que demostraban fidelidad absoluta. Una vez recuperada fue apresada y confinada en una celda, donde estuvo un lustro al no aceptar ser ni esclava, ni traidora. Podían haberla obligado a ser servil o la podían haber ejecutado en alguno de sus arrebatos contra los carceleros en prisión, sin embargo, tuvo suerte y fueron pasando los meses. De esta forma tuvo tiempo para pensar en sus opciones de sobrevivir. Pidió que la dejaran libre jurando lealtad al nuevo régimen. Aseguró haber comprendido la bondad de los bastianos y añadió que no quería ser una adaptada porque creía que no se merecía una vivienda moderna y un trabajo. De este modo consiguió que la dejaran en libertad como un miembro más de los dispersos.

Intentó ganarse la vida trabajando su propio huerto, pero enseguida se dio cuenta de que era imposible. Primero, no sabía bien cómo hacerlo, segundo, el pequeño terreno que consiguió no daba para comer todos los días y, por último, había robos continuos por la ausencia de comida en las afueras de la ciudad. Entonces descubrió un oficio permitido por el gobierno y bien pagado, el de cazarrecompensas. Era arriesgado y te obligaba a estar en forma y aprender a usar todo tipo de armas, pero mientras siguieras con vida podrías vivir en buenas condiciones y no pasar hambre. Había un problema moral, debía entregar a sus amos, a los que ella seguía odiando, los serviles capturados, así que intentaba escoger muy bien qué trabajos aceptar. Afortunadamente, también había dispersos que robaban a gente inocente, así que se centraba en capturarles a ellos y no a los esclavos que buscaban libertad.

—Sara, has vuelto a ser la ganadora este mes. Veinte presas por dieciséis de tu mayor competidor. Te corresponde de nuevo la prima en su totalidad… —dijo el tabernero, mientras le servía a la guapa cazadora una bebida de licor casero.

—Pues ya sabes, una ronda para todos de mi parte —respondió ella, bebiendo un sorbo de aquel licor de mala calidad, pero bastante barato.

—Estuvo preguntando por ti —volvió a decir el tabernero.

—¿Salvaje? —preguntó ella.

—Sí… cada vez le cabrea más no llevarse él la prima… ten cuidado, algún día puede darte un susto, sabes que no tiene principios, ni escrúpulos…

—Bueno, no sabe dónde vivo… no se atrevería a enfrentarse a mí por las calles del sector.

—Podría tener espías contratados que te sigan por el barrio…

Los invasores habían dividido los aledaños de las ciudades en sectores, así era más sencillo emitir las órdenes de persecución para los cazarrecompensas. Exceptuando a los propios cazadores, la gente que residía en ellos denominaba al sector como barrio.

—No le tengo miedo —aseguró ella.

—Eso está bien, solo quería que lo supieras…

—¿Ahora te has enamorado de mí?

El tabernero sonrío, a su avanzada edad y en su estado de salud, ya no pensaba en mujeres y eso que Sara era muy atractiva a sus 36 años, además, el traje negro ceñido que llevaba remarcaba todavía más sus curvas.

—Eres mejor pagador que él, digamos que no me gustaría perderte como clienta…

—Es un tipo rastrero y sanguinario, pero sabe que él es más odiado que yo por aquí.

—Sí, pero hay mucha gente a la que no le gusta que entregues a compañeros de los nuestros…

—Solo capturo ladrones y asesinos. Nunca a inocentes.

—Lo sé, pero cuando un ladrón es familiar tuyo, entiendo que lo vean de manera distinta a como lo ves tú…

—En cambio, Salvaje captura esclavos vivos o muertos… ¿eso no le importa a la gente?

—Sí, por eso a él le odian más … pero no dejas de trabajar para esos cerdos estelares.

Sara quedó pensativa unos segundos. Si no hubiera sido un anciano tullido el que había pronunciado esa frase, tal vez, hubiera reaccionado de otro modo.

—Lo hago lo mejor que puedo… —acertó a contestar ella.

—Lo siento, no quería molestarte, sé lo difícil que es la vida aquí en el mundo disperso —explicó el anciano mientras miraba su ruinoso establecimiento.

La taberna, como le gustaba llamar a su local, no era más que una vieja cervecería de estilo irlandés que sobrevivió a la guerra. Ya no había cerveza, al menos no de calidad, pero el viejo tabernero se las había arreglado para fabricar diversos licores que vendía a precio de ganga para ganarse la vida.

—Y ese jodido nombre que se ha puesto… seguro que realmente se llama Paco o Pepe… —comentó ella para aligerar el ambiente que se había creado.

—Nadie lo sabe, solo es Salvaje y viste de negro —añadió el anciano barman.

Sara terminó su trago e hizo un gesto de despedida. El resto de clientes no parecía tenerle mucho respeto, pero le agradecieron con otro gesto su invitación anterior. Ella asintió mientras se dirigía a la salida.

—Mañana comienza un nuevo mes, ¿quién se apunta a la nueva porra? —preguntó a gritos el tabernero, a la vez que borraba del cristal los puntos obtenidos por Sara y Salvaje.

Sara salió del local y se dirigió hacia su casa. Entró y miró si tenía algo de comer, en este inframundo no había dispensadores ni administradores de nada, solo armarios antiguos y frigoríficos arreglados multitud de veces con piezas de otros electrodomésticos todavía más viejos. Estaba comiendo algo parecido a una hogaza de pan cuando oyó un ruido que provenía de la habitación contigua, pues no había más salas. La pequeña y vieja vivienda a la que llamaba hogar, no era ningún palacio. Cogió su pistola y guardó un enorme cuchillo de caza en su bota.

—Si sales ahora podremos llegar a un acuerdo para que conserves tu vida —aseguró Sara.

Nadie respondió. Se acercó lentamente a la puerta y la abrió de una fuerte patada. Encontró a un hombre armado con un palo junto a la cama. Él se asustó bastante más que ella.

—No dispares por favor, yo solo… buscaba algo de comer —balbuceó el hombre.

—Apenas tengo para mí…

El hombre soltó el palo y asintió. Después se dirigió a la salida y al llegar a ella salió corriendo. Sara le dejó hacer sin dejar de apuntarle, pero a los pocos segundos fue sorprendida por la reacción del ladrón.

—¡Es ella! —gritó él sin dejar de correr.

Antes de poder reaccionar observó a una figura negra en el quicio de la puerta que le apuntaba con un rifle de caza.

—No estaba seguro si me habían dado la dirección correcta —dijo Salvaje sin dejar de apuntarle.

—Espero que al menos hayas pagado bien a tus informadores —bromeó Sara.

—Suelta la pistola, si haces algún movimiento brusco dispararé.

Ella soltó el arma. Aquel hombre vestido con una gabardina negra, sombrero del mismo color y una amplia barba a juego tenía todo a su favor.

—Te ofrezco un trato, te vas a otro sector y sigues cobrando primas lejos de aquí, o acabo contigo y te llevo a los extraterrestres como traidora al régimen. No pagan muy bien si no hay una orden de persecución, pero algo me darán.

—No tengo muchas opciones, ¿verdad?

—Ya ves que no.

—Si acepto, ¿cómo sabes que me iré de aquí realmente?

—Ya sé dónde te escondes y tengo informantes por toda la zona, la próxima vez no te ofreceré ningún trato. Además, te irás ahora mismo.

—Creo que me has convencido…

Los cazadores no tenían ninguna restricción a la hora de capturar presas en un lugar u otro, sin embargo, era muy corriente que la mayoría de capturas se hiciesen en el sector donde moraban. Sara no tenía ninguna relación específica con ese lugar, de hecho, podía haberse instalado en cualquier otro, cayó aquí de pura casualidad, pero que alguien le dijera lo que debía hacer, no lo soportaba. Si abandonaba el barrio sería porque ella misma lo decidiera, no porque un hombre vestido de negro que se autodenominaba Salvaje lo determinara en su lugar.

 Empujó la pistola con el pie para hacérsela llegar a su enemigo que seguía apuntándola. Salvaje se agachó para cogerla con una sonrisa de victoria en su cara. Aprovechando ese instante, en un rápido movimiento, Sara saltó tras el único sofá que había en la sala. Salvaje hizo un disparo que impactó en el mueble, dio unos pasos y al llegar tras el sofá volvió a disparar. Ya no había nadie allí. Sorprendido, apartó el sillón observando que había una trampilla bajo él. La abrió y no vio más que un conducto vacío.

—Joder, ¿Qué demonios es esto? —farfulló Salvaje cuando descubrió que no era un escondite, sino una salida oculta.

Salió corriendo de la vivienda y nada más hacerlo notó como un cuchillo le atravesaba la garganta. Disparó su rifle una vez más, sin apuntar en particular, mientras caía al suelo desangrándose y sin poder apenas respirar.

—Para ser uno de los grandes cazarecompensas de los sectores dispersos, deberías saber que atacar a otro cazador en su casa es darle mucha ventaja.

Salvaje ya no podía oír a Sara, había caído sin vida al suelo. No pasaron más que unos pocos segundos cuando aparecieron dos hombres, uno de ellos el que había sido sorprendido anteriormente dentro de la vivienda. Sara adoptó una pose de lucha.

—Me encargo del cuerpo y limpio la sangre por unas monedas —dijo el desconocido.

—Yo le ayudaré y lo haré gratis —añadió el delator.

Sara se tranquilizó y asintió, enseguida vio como arrastraban el cuerpo sin vida del cazador sin haber sacado siquiera el cuchillo de su cuerpo. Ella les paró con un gesto, recuperó su arma y después entró en su casa cerrando la puerta a su paso. Así era la vida en este submundo. Te ganas la vida como puedes y aprendes rápidamente a quien no debes enfrentarte.

La cazadora encendió el enrutador, levantó la antena Wi-Fi del mismo y después cogió su antiguo smartphone con sistema Android.

—Savi dame las noticias del día —espetó con voz firme, mientras tocaba la pantalla para acceder a ellas.

En el mundo disperso no existía Savi ni nada parecido, pero a Sara le hacía gracia dar órdenes en voz alta, sin ninguna utilidad, cuando buscaba algo por  la línea de internet “pirata”.

Sara vio un titular que le heló el alma: “Se espera el comienzo del barrido para este mismo mes”. El subtítulo rezaba: “Se han detectado los primeros casos en varias partes del mundo disperso, en breve, millones de personas caerán enfermas.”

 

Control de Clases para el Sistema SAD – “El barrido”

Existe la clase de los dispersos porque realmente no hay trabajo, ni suficientes casas modernizadas para todos. Bajo la excusa de que esa gente no quiere pertenecer a la sociedad, los gobernantes alienígenas pueden controlar mejor a la población. Sin embargo, enseguida vieron que podía convertirse en un problema, por muy vigilados que estén cabía la posibilidad de llegar a organizarse e incrementar la población en pocos años, lo suficiente como para comenzar revueltas o incluso ataques al orden establecido. En las ciudades se controlaba la cantidad de relaciones entre humanos (principalmente ocultando a las mujeres de la vista de los hombres), pero fuera de ellas era prácticamente imposible hacerlo.

La solución a este problema es lo que llamaron entre ellos el CCS, Control de Clases para el Sistema SAD. Lo que se escondía tras este nombre técnico era una pandemia quinquenal con un virus letal para los humanos, pero no para ellos. Cada cinco años infectaban a la población dispersa y, cuando veían que habían alcanzado un número determinado de muertos, les facilitaban la vacuna. La idea surgió tras ver lo que ocurrió con el coronavirus al comienzo de la Guerra de todas las Guerras. Sin embargo, este plan no es de dominio público, ellos aparecen cada cinco años como los salvadores de la humanidad con su nueva vacuna. Difunden la noticia de que el virus no se puede erradicar y de que tarda ese tiempo en mutar a otra cepa.

Los Sanadores no tienen pruebas de que sea creación de los invasores, pero que la pandemia aparezca cada cinco años exactos, con una nueva cepa que no se destruye con la vacuna de los años anteriores y que solo afecte a humanos, les hace imaginar la verdad. Al CCS, ellos lo llaman “el barrido”, e intentan protegerse de él sin salir de sus casas cuando la temporada pandémica comienza.

No solo está controlada la población con este sistema, sino que la mantienen atemorizada.

La mejor arma con la que cuentan en los barrios dispersos es la difusión de la noticia, para que la mayor parte de la gente pueda refugiarse en sus casas.

Lo peor de la situación es que, en las clases de serviles y adaptados, se difunde la idea de que la pandemia no les afecta a ellos por habitar en zonas limpias y seguras, que eso solo ocurre en los sectores donde vive la clase dispersa.

Aunque los gobernantes bastianos solo infecten los barrios dispersos, vacunan con tiempo a los trabajadores de la torre para asegurarse de que no enfermarán bajo ninguna circunstancia. Consideran que su trabajo es demasiado importante como para arriesgarse.

Clase 4 – Sistema SAD: Infantes –  Nuevo modelo de educación

Tanto humanos como bastianos aprenden en escuelas con profesores del régimen dictatorial, incluidos los niños que habitan en los barrios dispersos. Cada día, son recogidos en un vehículo gubernamental y llevados a la escuela en el centro de la ciudad.

Con esto logran varios objetivos de una sola vez, en primer lugar, enseñan a los niños únicamente lo que ellos quieren. Segundo, les muestran como es el centro de las ciudades, modernas y limpias en comparación con el lugar en donde ellos viven, de esta forma van formando la idea de lo bueno que es ser un adaptado o servil en vez de disperso. Por último, controlan la natalidad. Así tienen al día un censo de la gente dispersa y saben dónde deben ser más incisivos con la pandemia quinquenal, el temido barrido para los seres humanos.

Desde muy pequeños, todos aprenden las reglas básicas de convivencia, en qué consiste la libertad, o cómo la Guerra de todas las Guerras salvó a la humanidad de ser destruida por humanos ambiciosos y dementes. Todo bajo su particular punto de vista.

Los primeros años después del conflicto apenas había niños extraterrestres, pero según pasan los años van naciendo a pasos agigantados. El periodo de gestación en parejas alienígenas es de solo 5 meses, y es raro el parto que no incluye al menos mellizos, por lo que rápidamente se empezó a ver a muchos hijos de bastianos.  Además, teniendo en cuenta sus hábitos sexuales y no contar con familias tradicionales, era bastante habitual que una hembra estuviera embarazada dos veces al año de diferentes machos. No les importaba que los hijos fueran mestizos, aunque en un primer momento debatieron si debían permitirlo, por miedo a posibles malformaciones. Una vez estudiado el tema, realizaron prácticas de prueba que demostraron que no había problema y no solo fue permitido, sino que también fue alentado.

A los nacidos fruto de la unión de las dos especies se les llama oficialmente híbridos, sin embargo, los humanos los denominan “gatunos” por sus marcados rasgos felinos. No hay diferencias físicas entre los nacidos de madre bastiana o terrestre, aunque existe un importante defecto en los niños que puede provocarles la muerte al poco de nacer, o crecer en un estado dentro del espectro autista, si la gestante es extraterrestre. A pesar de ello, no tienen ningún  tipo de deficiencia física o psíquica, aunque vivan dentro de su propio mundo. Si los niños son de madre humana y padre bastiano, se desarrollan de manera normal, sin ningún tipo de problemas. Son algo más bajos y menos fuertes que los bastianos puros, pero de adultos apenas pueden distinguirse de ellos. Los híbridos de madre bastiana son muy escasos, dada su alta mortalidad, y se les excluye del sistema educativo por sus problemas para relacionarse con el resto de estudiantes. Son despreciados por los bastianos en general, incluidas sus madres, dejándolos al cuidado de los humanos. Tampoco despiertan mucha simpatía entre los que apoyan a los visitantes, de hecho, les suelen llamar “ratunos”, mezcla de las palabras ratas y gatunos. Sin embargo, los Sanadores y los opositores al régimen, consideran que son los únicos bastianos que merecen ser tratados con cuidado y respeto, ya que ellos no son culpables de nada, y menos de su autismo, en este grupo se les conoce como gatunos birmanos o simplemente birmanos. El gato Birmano es una raza parecida a la de los gatos siameses, tienen los ojos azules y un carácter muy dócil y tranquilo. Estas características (incluido el color de ojos) encajaban con estos niños, así que fueron bautizados coloquialmente de este modo.

También hay híbridos de madre humana que siguen viviendo con sus madres, ya sea como adaptados o como dispersos, todo depende del interés del alienígena macho que lo engendra. Gracias a esto, en los últimos años se van viendo más bastianos entre los barrios dispersos, ya sean los niños que van creciendo o extraterrestres que no cuentan con el mismo nivel que otros de su especie (generalmente los que habían combatido) y se han ido acercando poco a poco a los terrestres.

La religión no solo no se enseña en las escuelas, sino que está prohibida y perseguida. Ya no hay ningún tipo de edificio religioso, se destruyeron iglesias, mezquitas y templos, o se transformaron para darles otro uso. Se exterminó a la mayoría de líderes religiosos y los que consiguieron salvar su vida están perseguidos.

Aun así, hay humanos que siguen manteniendo su fe en la intimidad y la enseñan en casa a sus hijos, teniendo mucho cuidado de que los invasores no se enteren para no ser castigados por ello.

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