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Capítulo 5: El secreto

Un nuevo día de labor, Emilio llega a la torre, sube a su planta y comienza rutinariamente a poner y quitar las baterías que alimentan el edificio, mientras ajusta manualmente unos indicadores sin saber muy bien qué marcan.

—¿Te ha tocado ponerte la vacuna ya? —le preguntó su compañero Raúl.

—No, ¿a ti sí? —respondió Emilio sin parar de trabajar.

—Ayer por la tarde, pues hoy te avisarán. Es raro, ¿no?

—¿El qué?

—Bueno, nos vacunan cada cierto tiempo, curiosamente antes de que empiece el “barrido”, aunque recalcan que no tiene nada que ver con él.

—Y así es, si tuviera que ver, es porque existe una vacuna e inmunizarían a todo el mundo.

—Pues eso es lo raro, es difícil de creer que aparezca siempre la vacuna un par de meses después, que los trabajadores de la torre nunca lo cojamos… pero que una cosa no tenga que ver con la otra…

—¿Estás diciendo que nos mienten?, ¿que el “barrido” lo provocan ellos a propósito y a nosotros nos protegen?

—Es que creo que está muy claro… ¿solo lo veo yo?

—No sé.

—Yo pienso que es una forma de contener a la población y controlar la natalidad —aseveró Raúl.

—¿Matando gente? Eso es muy grave.

—¿No te parece grave la situación en la que estamos? Todos perdimos seres queridos, salimos derrotados de la guerra y tras ella, desaparecieron las ganas de vivir… estamos esclavizados, nos hemos acostumbrado a vivir así, pero esto no es vida por mucho “allable” que tengamos.

—Pues sí —contestó pensativo Emilio.

—Tú vives con Savi y yo también, pero hay gente que es esclavo de otros. Por dios, y si me oyen hablando así me ejecutan. ¿Cómo hemos podido llegar a esto?

—Ha bajado la contaminación y…

—¿Hablas en serio?

Emilio no respondió.

—¿Dónde ha quedado el mensaje de José Sanador? Hace diez años parecía que el mundo despertaba, cuando nacieron los Sanadores pensé que todo podría cambiar, pero pasa el tiempo y seguimos igual. ¿No oyes todavía los acordes de Deep Purple si cierras los ojos?

—Lo cierto es que sí.

—Necesitamos otro Sanador… algún detonante que haga que la gente se rebele.

—Dicen que los Sanadores están preparándose.

—Llevo oyendo eso desde la última pandemia, hace 5 años. Los Sanadores debemos ser todos.

El “allable” de Emilio le mandó una notificación.

—Dime Savi —dijo Emilio parando un segundo de trabajar.

—Hoy tienes a las 17 horas una sesión “vacunacional” en la planta: sótano 1. Te recuerdo que es obligatoria la asistencia —comunicó Savi.

—Qué casualidad —comentó Raúl.

Emilio volvió a ajustar manualmente los indicadores que estaban al borde de salir de su rango tras el cambio de las últimas baterías. No sabía qué lograba con ello, pero no quería ser apresado por no hacerlo.

Horas más tarde, Emilio se presentó en el sótano para ponerse la vacuna. Era raro no ver a ningún bastiano en la torre, solo estaban en los accesos exteriores. Nunca se había preguntado hasta ahora por qué no trabajaba ninguno de ellos allí.

Foto de Romeo Varga

La enfermería estaba llena de camillas y extraños aparatos, pero no había nadie usándolos. Con los nuevos métodos de curación las medicinas hacían efecto enseguida, los huesos rotos se soldaban en minutos, las heridas cicatrizaban antes y prácticamente no había enfermedades que no tuvieran cura. Así que los accidentados en la torre apenas pasaban unos minutos en esa sala y enseguida volvían a estar disponibles para el trabajo. De hecho, era extraño que se administrara la vacuna con el antiguo método de pinchar con una aguja en vez de cualquier otro sistema más moderno. Resonaba en su mente la teoría de Raúl, resumida en que se hacía así para tener un control detallado de a quién se le había aplicado. Él no lo tenía claro, pero alguna razón debía haber.

—Realmente… ¿para qué es esta vacuna? —preguntó Emilio a la enfermera.

—Para algún tipo de virus —contestó ella sin poner mucha atención.

—¿Crees que tiene que ver con “el barrido”?

—Fuera de aquí no lo repetiré, pero está claro que algo tiene que ver —respondió ahora la enfermera mucho más implicada en la conversación.

—¿De verdad harían eso?, proteger a los que les interesa y matar conscientemente a miles de personas, millones en todo el mundo.

—Mi hermano es esclavo, ni siquiera sé si sigue vivo. Perdí a mi familia, tengo amigos que siguen con vida en los barrios dispersos… Creo que son capaces de cualquier cosa —concluyó la joven tras efectuar la inyección.

—¿Y no hay métodos más modernos para inocular la vacuna?

—Sí, claro, cuando se inmuniza a la población dispersa se hace a través del aire, sin necesidad de pincharles.

—¿Y por qué a nosotros no?

—Siempre nos han dicho que este virus es más peligroso y así se aseguran de que no haya posibilidad de fallo, aunque lo cierto es que parece que solo les interesa los registros de la gente vacunada.

Tal vez Raúl tuviese razón, pensó Emilio.

De repente se oyó una explosión en el exterior del edificio y comenzó a sonar una alarma. A los pocos segundos se abrió una puerta por la que penetró un hombre pelirrojo que sangraba por un costado e iba en dirección hacia donde estaban Emilio y la enfermera. Al llegar junto a ellos cayó al suelo casi sin fuerzas. Ella se quedó congelada, pero él se agachó para ayudar al herido que hizo un esfuerzo al decir unas palabras.

—Es el silencio… —musitó el moribundo.

—¿Cómo? —preguntó extrañado y asustado Emilio.

—La crisis del 28, no nos dimos cuenta… El silencio lo envuelve todo, ese es su punto débil.

—¿El silencio?

—Sí, el silencio está en todas partes… Ve al metro y comunícalo…

Un humano llegó a los pocos instantes junto a ellos, era un disperso o un dedicado policía, actualmente ya eran prácticamente lo mismo. Disparó su arma en el modo táser y el hombre agonizante recibió una fuerte descarga eléctrica que terminó con su vida. La joven enfermera asustada lloraba sin moverse de su sitio.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué ha ocurrido? —preguntó muy nervioso Emilio.

—Ha intentado provocar una tragedia, un acto terrorista —aclaró el policía.

—Te… terrorismo… —balbuceó Emilio.

—Dispersaos, las vacunas seguirán mañana, enfermera váyase a casa. Usted, ¿cómo se llama? —terminó preguntando dirigiéndose a Emilio.

—Soy Emilio Díaz, trabajo en repuestos de baterías y recalibración de señales…

—¿Qué le ha comunicado este hombre antes de morir?

—Nada… decía cosas sin sentido… que había silencio…

—¿Silencio?

—Eso dijo.

—Váyase a casa, Savi le informará de cuando tiene que recuperar las horas que le faltan de trabajo.

Foto de Omid Armin

El policía uso su “allable” para comunicarse con alguien. Emilio le veía hablar cuando ya estaba cerca de la salida. La alarma había cesado y la gente salía ordenadamente de la torre. Una vez fuera vio a Raúl a lo lejos.

—¡Raúl! —gritó llamando su atención. Este le vio y se acercó enseguida.

—Emilio, ¿qué ha pasado?, nos han hecho evacuar a todos. Han conectado el sistema automático y el siguiente reemplazo está convocado para dentro de una hora. Nunca había ocurrido algo así.

Los dos seguían andando hacia la salida, donde había varios guardias bastianos y policías de ambas especies.

—Parece que ha habido un atentado, yo estaba en la enfermería cuando un hombre herido ha aparecido corriendo y…

Emilio estaba cruzando el arco de seguridad cuando vio que la luz junto a la pantalla con su información se iluminaba en rojo. Un bastiano se le quedó mirando y otros dos se aproximaban hacia él.

—¿Qué has hecho, Emilio? —preguntó sorprendido Raúl.

—Nada… solo intenté ayudar a ese hombre.

—Pónganse a un lado —dijo un policía humano apartándolos de la gente.

—¿Te dio algo? ¿Viste qué ocurrió?

—Nada, solo me dijo algo extraño…

—¿Qué te dijo?

—No lo sé… fue muy rápido… algo del silencio y el metro.

—He visto la boca de metro que hay enfrente llena de cascotes, como si hubieran volado la tapia de cemento, hay rumores de que ahí abajo vive gente.

Había dos entradas al suburbano cerca de la torre, separadas por unos 200 metros, que se tapiaron cuando este tipo de transporte dejó de funcionar poco después de la Guerra de todas las Guerras. Una de ellas quedaba a la espalda de donde se encontraban Emilio y Raúl, la otra la tenían enfrente apenas a 50 metros. El tumulto formado por el gentío saliendo de la torre no dejaba verla con claridad, pero estaba bastante cerca. Ellos habían quedado rodeados por varios bastianos. Un policía humano se acercó.

—Vais a acompañarnos tranquilamente… —comenzó a decirles cuando se escuchó otra fuerte explosión.

El cerco de bastianos que les rodeaban se disolvió y todos corrieron persiguiendo a tres hombres que se dirigían a la boca de entrada al subterráneo que tenían detrás. En dicho lugar era donde se había producido la detonación para volar la tapia que permitía el acceso al interior.

—¡Sanadores para sanar la sociedad! —gritaba uno de ellos.

—Corre, podemos escapar —dijo Raúl aprovechando el desconcierto general.

Emilio salió corriendo tras él en dirección a la entrada más cercana al suburbano. Volvieron a mezclarse con la gente y avanzaban empujándola para poder pasar. El policía humano los vio y sacó su arma.

—¡Alto! —gritó intentando apuntarles.

El trío de hombres que intentaba huir había conseguido adentrarse por la boca a toda velocidad, bajando las escaleras llenas de escombros. Varios bastianos llegaron a los pocos segundos y estaban alrededor de la entrada disparando hacia abajo, pero sin llegar a descender. Emilio veía la segunda entrada subterránea a pocos metros. Estaba claro por su aspecto humeante que esos hombres la habían abierto con la primera explosión que oyó anteriormente. Entonces sonó el disparo que impactó en Raúl. Al volverse observó cómo su compañero caía al suelo electrocutado. El policía apuntaba ahora a Emilio y esperaba unos segundos a que se recargara su arma. No le dio tiempo a disparar ya que el exfutbolista comenzó a bajar las escaleras esquivando los restos de tapia hecha añicos y los escalones rotos, como si estuviera moviéndose entre conos en un antiguo entrenamiento técnico.

—Permiso para bajar al subsuelo, necesito una orden de persecución —pedía el policía hablando con su “allable”.

No obtuvo respuesta. Mientras tanto Emilio, algo magullado, había llegado al vestíbulo. Estaba frente a los restos de lo que un día fue la taquilla del transporte, las mamparas de cristal estaban rotas y los monitores destruidos. Todo estaba lleno de polvo, había poca luz, solo las de emergencia permanecían encendidas y las escaleras mecánicas paradas.

—¿Denegado?, se escapa… —apuntó el policía.

—Se ha activado el plan purificador —respondió la voz a través del “allable”.

—¿En qué consiste ese plan? —preguntó intrigado.

—Apártese de la entrada al subterráneo inmediatamente —recibió como respuesta.

Antes de hacerlo pudo ver en la distancia como sus compañeros bastianos no solo se alejaban de la otra boca del metro donde estaban, sino que lo hacían a toda prisa.

Unos minutos después, ya todo más tranquilo, sin apenas gente alrededor de la torre, llegaron volando unos drones, más pequeños que los que solían vigilar la ciudad, que se introdujeron en el suburbano por sendas entradas.

Emilio se decidió a descender las escaleras y al llegar a la planta baja, se encontró en el pasillo con los supuestos terroristas que acababan de escapar por la otra entrada. Le apuntaron, pero después de unos segundos dejaron de hacerlo.

—Has escapado de ellos. Síguenos —dijo uno del trío.

Emilio lo hizo, tampoco le quedaban muchas más opciones.

—¿Quiénes sois? ¿Sanadores?

—Sí, somos topos sanadores –contestó lacónicamente uno de ellos.

—Vivimos aquí abajo fuera del sistema y vamos a devolver al mundo la libertad perdida —añadió otro de ellos.

—¿Con actos terroristas? —se atrevió a preguntar Emilio.

—¿Terrorismo? Harán creer que esas explosiones las hemos causado para matar a gente, pero no es así, solo abríamos una vía necesaria para escapar —contestó el primero.

—Tuvimos acceso a ciertos testimonios y hemos ido a la torre en busca de información. Nuestro compañero parece que ha podido conseguirla, nosotros hemos tenido que huir sin poder esperarle, aunque hemos visto que había abierto su salida, de hecho tú has bajado por ella —explicó el segundo hombre.

—Parece que estamos cerca de algo gordo —añadió el tercero de los topos.

—¿Qué habéis descubierto?

—Pues no lo sabemos todavía —contestó el primer topo.

Llegaron al andén de la estación que se encontraba vacío.

—Ten cuidado con las vías, amigo —avisó uno de ellos hombres a Emilio.

—¿Vías?

Entonces vio como los tres hombres bajaban hacia ellas esperando que él también lo hiciera. Dudó un instante, pero enseguida los acompañó. Avanzaron por el túnel hasta llegar a la siguiente estación donde había mucha gente esperándoles.

—Ya estamos aquí —comunicó el primero del grupo, mientras subía al andén.

Uno de los hombres que esperaban, bastante corpulento y de unos 50 años, se acercó a los recién llegados. Era alto y corpulento, vestido con indumentaria militar.

—Falta Jacinto. ¿Qué sabéis de él? —preguntó.

—Debe estar al llegar —contestó alguien.

—Y traéis un nuevo amigo. Hola, soy Nacho, ¿tú quién eres?

—Me llamo Emilio. Parecía que iban a detenerme y pude escapar entrando al metro… ¿Jacinto era un hombre pelirrojo?

—Así es. ¿Le has visto? —preguntó Nacho.

—Le vi morir, un policía le mató cuando intentaba decirme algo.

—¡Mierda!, pobre Jacinto —lamentó Nacho.

—¡Joder! —se quejó uno del grupo.

—Lo siento, por eso me iban a detener, creen que me dijo algo importante, pero solo me dijo que había silencio.

—¿Cómo? —se interesó Nacho.

—Sí, que el silencio está en todas partes o algo así.

—El silencio… ¿y no dijo algo más?

—Algo sobre una crisis.

—¿Qué crisis?

—No lo sé. ¿Qué ocurre?

—Jacinto había contactado con un bastiano dedicado que le había dado cierta información. Sin embargo, ese hombre había desaparecido, suponemos que descubrieron su traición y acabaron con él. La única pista que teníamos nos llevaba a esa torre y parece que Jacinto había descubierto algo. Pero no sabemos exactamente el qué —explicó el fornido hombre.

—No pudo decir nada más, le mataron delante de mí, apenas podía hablar.

—Joder… ¡malditos monstruos del espacio!

—¿Y vivís aquí abajo? No sabía que existiera este mundo oculto —dijo Emilio observando el andén.

—Poca gente lo sabe, quien baja no suele volver a subir y los jodidos extraterrestres piensan que no hay más que unos pocos vagabundos por aquí, ni siquiera mandan cazarrecompensas. Llevamos desde que terminó la guerra y nunca han intentado venir a por nosotros. Los cabrones aliens se mueren si bajan, así que esto es más seguro que cualquier refugio arriba.

—¿Por qué mueren?

—Nadie lo sabe, el aire enrarecido… no hemos conseguido averiguarlo, pero tampoco nos preocupa mucho mientras siga siendo así.

Emilio sonrió antes de seguir preguntando.

—Es increíble que podáis subsistir aquí abajo. ¿Y cómo os alimentáis?

—Al principio salíamos a cazar los animales que quedaban con vida y a robar, ahora ya tenemos incluso huertos aquí abajo. Tuvimos que superar el problema del riego y la luz solar, pero con el tiempo nos ha ido muy bien.

—Ya lo veo —dijo Emilio observando a la comunidad— y aquí se ven muchas más mujeres que en la superficie.

—Estos seres han preferido utilizar a los hombres para los trabajos físicos, la seguridad, mantenimiento de torres… y las mujeres son designadas habitualmente como reponedoras. Allí arriba, tu casa tenía siempre productos frescos, pero nunca veías a quienes los surtían, ¿verdad?

—Eso es. Menos mal que llegaron presumiendo de feminismo e igualdad.

—Bueno, llegaron presumiendo de muchas cosas, pero no solo eso, creemos que intentan restringir los encuentros entre personas de distinto sexo reduciendo así la natalidad humana.

—Tiene sentido. Es lógico si quieren dominar el planeta.

—Me preocupa que pueda haber represalias ahora, señor —dijo uno de los hombres interrumpiendo la conversación.

—¿Represalias? —preguntó Nacho.

—Ahora saben que no somos unos pocos vagabundos y que estamos organizados, los bastianos no bajan, pero pueden preparar búsquedas con humanos. Si vienen bien armados no podremos defendernos ni escapar.

—Es cierto que nunca nos habíamos expuesto así, pero estamos preparados. Si alguien entra volad las entradas por donde lo hagan. No podremos usar esos puntos como salidas, pero evitaremos que ellos accedan.

—Así lo haremos, señor.

Otro hombre armado con un traje militar se acercó hacia Nacho.

—Hemos detectado drones, es extraño porque no son de vigilancia, son más pequeños y no hemos tenido problema en neutralizarlos. No portaban armamento.

El soldado enseñó uno de ellos destruido a Nacho que lo examinó pensativo sin descubrir cuál podría ser su finalidad.

—Es raro que no tengan cámaras o armas —comentó el militar.

—No entendemos cuál era su objetivo. Nunca los habían usado hasta ahora —terminó diciendo el soldado.

—Tenemos que estar atentos a ver cuáles son sus siguientes movimientos —aseguró Nacho.

El siguiente paso ya lo habían dado, era el plan purificador. Consistía en transmitir el virus, que ya habían difundido previamente en los sectores, también en los túneles subterráneos. Lo habían hecho a través de varios mini artefactos voladores que lo portaban y esparcían, entrando en diversas localizaciones de la ciudad, tanto por bocas de metro como por alcantarillas.

Días después, mientras en los sectores dispersos luchaban contra “el barrido” sin salir de sus viviendas e intentado no tener contacto unos con otros a la espera de la ansiada vacuna, en el mundo del subsuelo apenas quedaba nadie con vida. La propagación de la enfermedad por ahí abajo fue demoledora. Cuando los topos comenzaron a ser conscientes de lo ocurrido, era tarde para ponerse a salvo. Fueron cayendo rápidamente y prácticamente desapareció la población oculta bajo tierra.

—Nos han masacrado, esto es un exterminio de miles de personas. Si han hecho lo mismo en todo el país estamos hablando de cientos de miles… no quiero pensar si ha sido en todo el continente. Tú eres un elegido —comentó un moribundo Nacho a Emilio.

—No lo soy, simplemente me habían vacunado en la torre antes de bajar aquí. Ahora lo sabemos, ojalá nos hubiéramos dado cuenta antes.

—Hubiera… estado… bien… —pudo decir entre toses el militar.

—Antes no podía creerlo, ahora sé que la pandemia la difunden ellos, y tienen la cura desde el principio, pero solo la facilitan cuando les interesa y se ha alcanzado un número adecuado de muertos. Son unos auténticos exterminadores.

—Lo son. Emilio, repito que tú estás aquí por algo, Jacinto te transmitió a ti lo que había descubierto. Tienes que averiguar qué es ese silencio al que se refería, busca a otros Sanadores en la superficie y logra su ayuda. Estoy seguro de que todavía podemos acabar con ellos.

—¿Cómo localizo a otros Sanadores?, no sé por dónde empezar, además, si me están buscando los extraterrestres, no podré esquivarlos.

—Hace años conocí a José Sanador, el héroe que nos devolvió la esperanza con unas notas mal tocadas en una vieja guitarra. El grupo de la resistencia lleva ahora su nombre en su honor. Con él empezó todo, pero si los demás seguimos callados no habrá servido para nada. Seguro que te están buscando, pero no puedes quedarte escondido aquí abajo tú solo. Puedes empezar por difundir lo que ahora sabemos de la pandemia quinquenal, transmite el mensaje de que es culpa de los malditos extraterrestres.

—¿Y por donde empiezo?

—Ve al barrio disperso 13, allí se esconde un hombre al que llaman “el anticuario”. Él pertenece a los Sanadores y podrá ayudarte.

—Lo haré —afirmó Emilio.

—Vete ya, no te preocupes por mí.

—No puedo dejarte aquí así.

—Claro que puedes, si sigo así de mal moriré enseguida, y si empiezo a recuperarme me las apañaré, tengo comida suficiente. Tú no tienes tiempo que perder.

Emilio dudó unos segundos y después asintió. No le parecía bien dejarle, pero intuía que el valiente militar prefería morir solo. Cogió un pañuelo y secó la frente sudorosa del enfermo mientras se despedía.

—Está bien. Me alegra haberte conocido, general.

—Ha sido un placer Emilio. Espero que consigas tu objetivo por el bien de todos.

—Yo también.

Antes de dejar a Nacho a su suerte, miró a su alrededor donde yacían decenas de cuerpos sin vida, algunos muy recientes. Pensó que este año la epidemia sería todavía más fuerte. Seguramente esta plaga invasora año tras año iba perfeccionando el virus para hacerlo todavía más mortal que en la mutación anterior. Sintió no poder dar un entierro digno a todas las personas luchadoras. Se prometió a sí mismo que algún día haría un homenaje en condiciones a toda esa gente, mientras lo meditaba, iba dejando el andén atrás. Enseguida comenzó a discurrir cómo llegar al sector 13.

Próxima entrega: Capítulo 06: Orden de persecución.

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