Saltar al contenido

Una palabra: desequilibro.

17 de septiembre de 2021

Foto de Volkan Olmez

Hoy releo lo que escribir ayer y me parece absurdo.

He despertado. He dormido a ratos sueltos. Me duele mucho la cabeza, sobre todo en la zona que se encuentra sobre mi ojo derecho. Noto que tengo los dientes apretados y las mandíbulas en tensión. El cuerpo me informa de que no he descansado.

Me pregunto si lees lo que escribo y si en algún momento tu compartirás algo conmigo. Y me temo que la respuesta es que no lo harás. ¿Para qué? Has contratado a alguien para que te escuche. Alguien que no va a buscar mierda para después echártela encima, solo la va a meter debajo de alguna de las alfombras de tu agujero. Para eso te volviste a tu agujero, a tu burbuja, para estar sola y a salvo de todo, también a salvo de mí. En tu burbuja estás aislada. Ahí dentro hace un frio húmedo, pero te sientes segura, y eso te compensa de la sensación de frío y humedad. Observas con distancia lo que pasa fuera, como si vieras las noticias en la televisión. Pueden interesarte más o menos, pero, en realidad, te sientes lejana y ajena a todo eso, lejana y ajena a mí también. Tu burbuja es tu verdadero hogar, un hogar en el que nunca seré bienvenida porque hace tiempo que se saturó de cosas y no queda espacio para nada ni nadie más. De ahí nunca sale nada y tampoco entra nada. Es un lugar inmutable, en el que nada cambia. Es un lugar incómodo, en el que se huele y se respira, asfixiante, el polvo de montañas de escombros de edificios derruidos hace tiempo, pero cumple su cometido: te aísla y te protege. Te protege de Todo, de lo bueno, de lo malo, de mí.

Jamás querría vivir en una casa así y no quiero ser bienvenida en un lugar que me gustaría que no existiera.

Parece que hoy no va a ser un buen día. Sin ti es imposible que lo sea.

Un tiempo perdido más.

Te fuiste corriendo.

Me preguntas qué me ocurre y te cuento la verdad.

Una palabra: desequilibro.

Te levantas de la mesa como un resorte. Recoges rápidamente tus cosas camino de la puerta. Sólo te paras delante de mi cara para mostrarme como me “borras completamente”, bloquearme, eliminarme. Da la impresión de que tienes mucho interés en que yo vea como lo haces, que vea lo muy en serio que lo estás haciendo, mientras estoy ahí sentada, sufriendo y viendo como sales corriendo.

Me quedo sola.  Ya no estás.

Hace un momento estábamos sentados a la mesa hablando. A veces nos tocamos las manos. No nos sentimos bien, pero acabamos de abrazarnos y decirnos que nos queremos, que vamos a buscar ayuda……   y en apenas unos segundos ya no estás. Has salido, literalmente, huyendo.

Las dos somos culpables del efecto que estamos teniendo en nuestras personas queridas. O Quizás no, quizás soy yo la única culpable y por eso me dejas sola con el problema.

Reflexiono. Pienso que estas mal y que debo comprender tu reacción y tratar de ayudarte, de hacerte saber que a pesar de todo estoy ahí, que estamos juntas en esto, que ciertamente es un problema serio pero que tiene solución. Juntas.

Bajo a tu casa. Llamo al timbre. No quieres que suba. ¿Por qué? Bajas. Siento que no quieres verme. Y me dices: “Ya he tomado mi decisión”.  Casi me lo escupes a la cara, como diciendo “¿Querías que tomara una decisión? ¡¡¡Pues aquí la tienes!!! Lo dices como si la acabaras de tomar, pero yo siento que ya la tenías tomada desde hace mucho tiempo. La tomaste en tu burbuja, pero te faltaba el valor o la excusa que te diera pie a informarme.

Me has dejado. Ya no me quieres. Ya no necesito que me lo digas tu. Ya lo sé.

Se ha terminado y yo estoy aquí como una imbécil abriéndome a ti pretendiendo que aún hay esperanza para nosotras.  Que aun tienes esperanza.

Qué tonta soy.

Compartir:
Etiquetas:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *